Unidad del sacrificio
El sacrificio de la cruz y el sacrificio de la misa son un único sacrificio porque en ambos:
- el Sacerdote principal es Jesucristo;
- la Víctima ofrecida es el mismo Jesucristo;
- la ofrenda se dirige al Padre;
- la finalidad redentora procede de la única obediencia amorosa del Hijo.
La misa no añade eficacia a la cruz, como si la redención hubiese quedado incompleta. Tampoco multiplica los sacrificios de Cristo. Hace presente sacramentalmente el único sacrificio definitivo del Calvario en los distintos momentos de la historia.
Juan Pablo II explica que la misa «hace presente el sacrificio de la cruz»; no lo añade ni lo multiplica. La repetición afecta a la celebración litúrgica y a su representación sacramental, no al acontecimiento redentor, que conserva su unicidad y definitividad.
Distinción entre el sacrificio cruento de la cruz y el sacrificio incruento del altar
La tradición católica distingue entre el modo histórico de la ofrenda en el Calvario y el modo sacramental de la ofrenda en la misa.
El sacrificio cruento de la cruz
En la cruz, Jesucristo ofreció voluntariamente su vida mediante un sufrimiento real y una muerte verdadera. La inmolación tuvo lugar de manera cruenta: el Señor derramó su Sangre y entregó su vida en un acontecimiento histórico irrepetible.
Cristo ofreció al Padre toda su humanidad y todos sus sufrimientos en obediencia libre y amorosa. La muerte de Jesús no fue un accidente separado de su misión, sino la culminación visible de su entrega redentora.
El sacrificio incruento del altar
En la misa, Cristo resucitado y glorioso no vuelve a morir ni vuelve a derramar su Sangre. La ofrenda acontece de modo incruento, es decir, sin una nueva muerte física ni un nuevo derramamiento de sangre.
La liturgia manifiesta sacramentalmente la inmolación mediante la consagración separada del pan y del vino: el Cuerpo de Cristo está bajo la especie del pan y la Sangre de Cristo bajo la especie del vino. Esta separación sacramental de las especies representa la separación de la Sangre respecto del Cuerpo que tuvo lugar en la muerte del Señor. Sin embargo, Cristo está entero y vivo bajo cada una de las especies, porque su cuerpo glorificado ya no puede morir.
Pío XII enseñó que la Víctima es la misma en la cruz y en el altar, mientras que cambia únicamente el modo de ofrecerla: en la cruz, mediante la muerte cruenta; en el altar, mediante una representación sacramental e incruenta de esa misma inmolación.,
Pablo VI expresó la misma doctrina al enseñar que Cristo es inmolado de modo incruento en el sacrificio de la misa, que la misa vuelve a presentar el sacrificio de la cruz y que aplica su fuerza salvadora cuando Cristo se hace sacramentalmente presente bajo las especies de pan y vino.