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Dogma de la necesidad del Bautismo para la salvación

La Iglesia católica enseña que el Bautismo es necesario para la salvación porque constituye el medio ordinario establecido por Jesucristo para la regeneración espiritual, el perdón de los pecados y la incorporación a la Iglesia. Esta necesidad posee una doble dimensión: necesidad de medio, porque nadie alcanza la salvación sino por Cristo y por la gracia bautismal -recibida sacramentalmente o, en determinadas circunstancias, mediante el deseo o el martirio-, y necesidad de precepto, porque Cristo mandó recibir el Bautismo a quienes pueden conocer y cumplir este mandato. La doctrina excluye tanto el desprecio voluntario del sacramento como una interpretación rígida que ignore el Bautismo de deseo y el Bautismo de sangre.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreDogma de la necesidad del Bautismo para la salvación
CategoríaTérmino
DescripciónEl bautismo constituye el medio ordinario de gracia, perdón de pecados e incorporación a la Iglesia; su obligatoriedad proviene del mandato de Cristo y de la economía divina. Enseñanza dogmática que afirma que el bautismo es necesario para la salvación, como medio ordinario instituido por Cristo, con doble dimensión de necesidad de medio y de precepto, permitiendo excepciones de bautismo de deseo y de sangre
Referencias
Contexto HistóricoDesarrollado desde la Iglesia primitiva (Padres apostólicos, Clemente de Roma, Tertuliano, San Jerónimo), formulado explícitamente en el Concilio de Trento (1545-1563) y confirmado en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con aportes teológicos de Santo Tomás de Aquino y la Comisión Teológica Internacional (2007).
Importancia EclesialFundamental para la soteriología católica; orienta la práctica sacramental, la catequesis y la misión evangelizadora de la Iglesia.
Tema
TipoDogma

Tabla de contenido

Fundamento bíblico

El mandato de Cristo

Jesucristo vinculó explícitamente la fe y el Bautismo con la salvación. Antes de su ascensión, mandó a los apóstoles:

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

La misión apostólica incluye, por tanto, dos acciones inseparables: anunciar el Evangelio y administrar el Bautismo. La Iglesia primitiva entendió este mandato como una obligación universal dirigida a todos los pueblos, no como una práctica reservada a un grupo particular.1

El Evangelio según san Juan recoge una afirmación todavía más directa de Jesús a Nicodemo:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5).

La tradición católica ha interpretado el agua y el Espíritu como referencia al Bautismo cristiano. El Bautismo comunica una vida nueva que no procede únicamente del esfuerzo moral del ser humano, sino de la acción regeneradora del Espíritu Santo. La enseñanza de santo Tomás de Aquino relaciona este nacimiento nuevo con la incorporación a Cristo: quien recibe el Bautismo «se reviste de Cristo» y pasa a formar parte de sus miembros.2

También el Evangelio según san Marcos vincula la fe, el Bautismo y la salvación: «El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16,16). La Iglesia lee este pasaje en el conjunto de la revelación: el Bautismo no actúa mágicamente al margen de la fe, pero tampoco constituye un rito opcional para quien reconoce la verdad de Cristo y puede recibirlo.

El Bautismo en la predicación apostólica

Los Hechos de los Apóstoles presentan el Bautismo como la respuesta ordinaria a la conversión. En Pentecostés, san Pedro exhorta a sus oyentes a convertirse y recibir el Bautismo en el nombre de Jesucristo. La conversión cristiana comprende la fe en Cristo, el arrepentimiento, el don del Espíritu Santo y la entrada sacramental en la comunidad eclesial.

Los relatos de bautismos de familias enteras -como los de la casa de Lidia, la del carcelero de Filipos y la de Crispo- contribuyeron a la práctica antigua de bautizar también a los niños. La tradición católica considera que esos relatos pueden incluir menores y los relaciona con la temprana costumbre de administrar el Bautismo a los hijos de las familias cristianas.3

La predicación apostólica presenta además el Bautismo como participación en la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo escribe que los bautizados han sido sepultados con Cristo para caminar en una vida nueva (Rom 6,3-4). El sacramento no sólo borra culpas: transforma la condición espiritual de la persona, la incorpora al Cuerpo de Cristo y la orienta hacia la resurrección.

Naturaleza de la necesidad bautismal

Necesidad de medio

En teología católica, algo resulta necesario de medio cuando forma parte del orden querido por Dios para alcanzar un fin. El Bautismo posee esta necesidad porque Cristo constituye el único Salvador y porque el sacramento representa el medio ordinario mediante el cual la persona participa en los frutos de su muerte y resurrección.

La Comisión Teológica Internacional explica que la necesidad del Bautismo sacramental ocupa un segundo nivel respecto de la necesidad absoluta de la acción salvadora de Dios en Jesucristo. Cristo, y no el rito considerado aisladamente, constituye el fundamento último de toda salvación. El Bautismo resulta necesario como el medio ordinario establecido por Cristo para configurar a los seres humanos con él.4

Santo Tomás de Aquino expresa esta relación afirmando que nadie puede salvarse sino por Cristo y que el Bautismo incorpora al ser humano a Cristo como miembro suyo. Por ello concluye que todos necesitan el Bautismo, aunque la ausencia material del sacramento pueda quedar suplida por el deseo o por el martirio en circunstancias determinadas.2

La necesidad de medio no significa que Dios quede sometido a los signos sacramentales. Los sacramentos constituyen los caminos ordinarios de la gracia, pero el poder divino no queda encerrado en ellos. Dios puede conceder el efecto principal del Bautismo a quien, sin culpa propia, no ha podido recibir el rito sacramental y posee la disposición interior correspondiente.5

Necesidad de precepto

La necesidad de precepto nace de un mandato positivo de Dios. Cristo ordenó a los apóstoles bautizar a todas las naciones; por consiguiente, quien conoce este mandato y posee capacidad para cumplirlo debe recibir el Bautismo.

Esta dimensión afecta especialmente a los adultos y a quienes tienen uso de razón. Un niño pequeño no puede comprender ni rechazar conscientemente el mandato de Cristo; por ello la Iglesia confía la profesión de fe a sus padres y padrinos. En cambio, un adulto que reconoce la verdad del Evangelio y puede recibir el sacramento no puede aplazarlo deliberadamente sin motivo grave.

La necesidad de precepto no equivale a una obligación meramente externa. El Bautismo exige una respuesta de fe, conversión y adhesión a Cristo. La recepción válida del sacramento requiere, en el adulto, la intención adecuada y la disposición moral que corresponda a la vida cristiana.

Diferencia entre ambas necesidades

La distinción puede resumirse así:

  • Necesidad de medio: la salvación sólo procede de Cristo y de su gracia; ordinariamente, el Bautismo comunica esa gracia e incorpora a la persona a Cristo.
  • Necesidad de precepto: Cristo mandó recibir el Bautismo; quien conoce el mandato y puede cumplirlo está obligado a obedecerlo.
  • Excepciones legítimas: la falta material del Bautismo no condena a quien posee el Bautismo de deseo o recibe el Bautismo de sangre.
  • Rechazo culpable: quien conoce la necesidad del Bautismo y lo desprecia voluntariamente no puede alegar la excepción del deseo.

La Iglesia, por tanto, evita dos errores opuestos. El primero reduce el Bautismo a una ceremonia exterior que cada persona podría aceptar o rechazar libremente. El segundo convierte la necesidad sacramental en una necesidad absoluta que no admitiría ninguna acción salvadora de Dios fuera de la recepción material del agua.

Enseñanza dogmática y magisterial

El Concilio de Trento

El Concilio de Trento enseñó que, después de la promulgación del Evangelio, la justificación no puede alcanzarse sin el lavado de la regeneración o el deseo de recibirlo. La fórmula conciliar recoge la enseñanza de Juan 3,5 y reconoce expresamente la eficacia del Bautismo de deseo.

Esta doctrina aparece en el decreto sobre la justificación, al explicar el paso del pecado a la gracia, y también en el canon quinto de la séptima sesión, que condena la afirmación de que el Bautismo no sea necesario para la salvación. La condena no elimina las excepciones tradicionales del Bautismo de sangre y del Bautismo de deseo; protege, más bien, la verdad de que el sacramento no constituye una práctica superflua o puramente simbólica.1

La expresión «o el deseo de recibirlo» resulta decisiva. El Concilio no entiende el deseo como una preferencia superficial ni como una simple intención humana desvinculada de la gracia. La tradición teológica relaciona ese deseo con la fe viva, la contrición perfecta y la caridad, junto con la voluntad -al menos implícita- de cumplir todo lo necesario para la salvación, incluido el Bautismo cuando pueda recibirse.6

La Iglesia como ámbito de la salvación

El Bautismo abre la puerta de la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia, fundada por Cristo, es necesaria para la salvación porque Cristo permanece presente en ella como mediador y camino de salvación. El mismo Concilio relaciona esta necesidad con la afirmación explícita de Cristo sobre la fe y el Bautismo.7

La Iglesia no presenta esta doctrina como una competición entre la misericordia de Dios y la misión eclesial. La Iglesia es el sacramento universal de la salvación: signo e instrumento de la comunión con Dios y de la unidad de la humanidad. El Bautismo introduce sacramentalmente en ese cuerpo eclesial y hace visible la pertenencia a Cristo.7

Efectos del Bautismo relacionados con la salvación

Regeneración espiritual

El Bautismo comunica una vida nueva. La persona bautizada pasa de la condición de criatura herida por el pecado a la dignidad de hijo adoptivo de Dios. La regeneración bautismal no consiste en una simple reforma psicológica ni en la incorporación sociológica a una comunidad: constituye una transformación sobrenatural producida por la gracia.

Remisión del pecado original y de los pecados personales

El Bautismo perdona el pecado original y, en los adultos, todos los pecados personales cometidos antes de la recepción del sacramento, junto con las penas eternas vinculadas a ellos. La Iglesia bautiza a los niños aunque todavía no hayan cometido pecados personales, porque reciben por generación humana la condición herida del pecado original.

El Concilio de Trento confirmó la legitimidad y necesidad de bautizar a los niños, incluso cuando no pueden realizar personalmente un acto de fe consciente. La gracia bautismal los limpia de aquello que han contraído por la generación y los incorpora a Cristo.3

Incorporación a Cristo y a la Iglesia

El Bautismo configura a la persona con Cristo y la incorpora a su Iglesia. Santo Tomás enseña que el sacramento imprime un carácter bautismal, es decir, una marca espiritual permanente que conforma al bautizado con Cristo y lo capacita para participar en el culto cristiano. Por esta razón, el Bautismo no puede repetirse válidamente.8

Don del Espíritu Santo

El agua bautismal no actúa separada del Espíritu Santo. La eficacia del sacramento procede de la acción trinitaria: el Padre adopta, el Hijo incorpora y el Espíritu Santo regenera y santifica. La fórmula bautismal trinitaria expresa esta realidad y manifiesta que el Bautismo introduce al creyente en la vida del Dios uno y trino.

Las tres formas relacionadas con el Bautismo

La tradición católica distingue entre el Bautismo de agua, que constituye el sacramento propiamente dicho, y dos formas extraordinarias que pueden comunicar su efecto principal: el Bautismo de sangre y el Bautismo de deseo. No existen tres sacramentos distintos. Sólo hay un sacramento del Bautismo, celebrado con agua y con la fórmula trinitaria; las otras expresiones reciben el nombre de «bautismo» por su relación con los efectos de aquel sacramento.9

Bautismo de agua

El Bautismo de agua es el sacramento instituido por Jesucristo. Su materia es el agua verdadera y su forma consiste en invocar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo mientras el ministro derrama agua o sumerge en ella al bautizando.

La tradición patrística interpretó numerosas figuras bíblicas como anticipaciones del Bautismo: el paso del mar Rojo, el diluvio, las aguas que brotaron de la roca y las purificaciones del Antiguo Testamento. Tertuliano relacionó el paso del mar Rojo con la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud y vio en el agua bautismal el signo de la liberación del poder del demonio.10

San Jerónimo vinculó el Bautismo con el agua del Jordán, la predicación de Jesús a Nicodemo, la misión apostólica y el agua y la sangre que brotaron del costado de Cristo en la cruz. La tradición patrística entendió esos elementos como signos estrechamente relacionados con el Bautismo y el martirio.11

Santo Tomás precisa que no hace falta agua químicamente pura o destilada. Basta el agua que conserva verdaderamente la naturaleza del agua, incluida el agua de mar o de otras fuentes. La materia bautismal no puede sustituirse por vino, aceite, leche u otros líquidos que no sean propiamente agua.12

Bautismo de sangre

El Bautismo de sangre consiste en recibir la gracia de la justificación mediante la muerte padecida por la fe en Cristo antes de recibir el Bautismo de agua. El mártir no recibe el sacramento material, pero entrega la vida en unión con Cristo y manifiesta de modo supremo la fe y la caridad que el Bautismo comunica.

La Iglesia primitiva reconoció desde muy pronto el martirio como sustituto del Bautismo sacramental. Tertuliano lo llamó una segunda «ablución», semejante a la del agua por sus frutos de regeneración, aunque distinta en su signo externo. La tradición escolástica sostuvo que el martirio puede producir la gracia bautismal cuando la persona muere por Cristo, incluso si no ha podido recibir el sacramento.6

El Bautismo de sangre no justifica cualquier muerte sufrida por una causa religiosa o por una convicción personal. Requiere el testimonio martirial por Cristo y la disposición interior de fe y caridad. La fuerza salvadora no procede de la violencia padecida en cuanto tal, sino de la unión con la pasión de Cristo.

Bautismo de deseo

El Bautismo de deseo consiste en recibir la gracia propia del Bautismo mediante un deseo explícito o implícito de recibirlo, unido a la fe, la contrición perfecta y la caridad, cuando una circunstancia impide recibir materialmente el sacramento.

El ejemplo clásico es el del catecúmeno que muere antes de la celebración bautismal. Si había abrazado la fe, se había arrepentido de sus pecados y quería recibir el Bautismo, la imposibilidad material no anula la acción de la gracia. Santo Tomás explica que el sacramento puede faltar en la realidad, pero no en el deseo; en ese caso, Dios santifica interiormente a la persona mediante una fe viva que actúa por la caridad.5

El deseo puede ser explícito cuando la persona pide el Bautismo o manifiesta claramente su intención de recibirlo. Puede ser implícito cuando, sin conocer plenamente la teología bautismal, la persona desea hacer todo aquello que Dios exige para la salvación y abraza sinceramente la verdad y el bien según la luz de su conciencia. La teología católica no convierte este deseo implícito en una vía de indiferencia religiosa ni en una excusa para rechazar el sacramento.

Quien alcanza la posibilidad de recibir el Bautismo después de haberlo deseado debe recibirlo. El deseo auténtico incluye la voluntad de cumplir el mandato de Cristo; por eso no puede invocarlo quien rechaza deliberadamente el Bautismo cuando ya conoce su obligación y puede recibirlo.6

Perspectiva patrística

Testimonio de los primeros escritores cristianos

Los Padres apostólicos y los escritores cristianos antiguos presentan el Bautismo como el nacimiento nuevo exigido por Cristo. La tradición atribuida a Clemente de Roma relaciona el nacimiento «de agua y de Dios» con la ruptura de la condición pecaminosa heredada y con el acceso a la salvación. Su lenguaje refleja la convicción antigua de que el Bautismo cumple un mandato divino y no una costumbre opcional.13

Tertuliano considera el agua un elemento preparado por Dios a lo largo de la historia de la salvación. Interpreta el paso del mar Rojo como figura del Bautismo y presenta el agua como signo de la liberación del dominio del demonio. También utiliza la expresión «segunda ablución» para referirse al Bautismo de sangre, mostrando que la Iglesia antigua reconocía una forma extraordinaria de participación en la gracia bautismal.10

San Ambrosio aplicó la doctrina del Bautismo de deseo al emperador Valentiniano II, que murió siendo catecúmeno. En su oración fúnebre sostuvo que no había perdido la gracia que había pedido, porque el deseo sincero de recibirla podía alcanzar su fruto ante Dios. Santo Tomás recoge este testimonio como una expresión clásica de la fe en la eficacia salvífica del deseo bautismal.5

La controversia sobre el Bautismo de los niños

Durante las controversias contra el pelagianismo, san Agustín y diversos concilios africanos insistieron en la necesidad de bautizar a los niños para la remisión del pecado original. La Iglesia no bautiza a los niños porque les atribuya pecados personales, sino porque necesitan la gracia redentora de Cristo y la incorporación sacramental a la Iglesia.

La práctica de bautizar a los niños aparece vinculada a la tradición apostólica, a los bautismos de familias narrados en los Hechos de los Apóstoles y al testimonio constante de los Padres. La incapacidad del niño para realizar un acto personal de fe queda suplida por la fe de la Iglesia, representada sacramentalmente por padres y padrinos.3

La tradición patrística utilizó a menudo un lenguaje muy fuerte para defender esta práctica. Tales formulaciones pretendían afirmar la necesidad de la gracia bautismal y combatir la idea de que el pecado original no afectara a los niños. La doctrina posterior ha conservado la obligación de administrar el Bautismo, al tiempo que confía a la misericordia de Dios la situación de los niños que mueren sin recibirlo.

Perspectiva escolástica

La doctrina de santo Tomás de Aquino

Santo Tomás distingue con precisión entre la necesidad universal de la gracia de Cristo y la necesidad sacramental del Bautismo. Antes de la venida de Cristo, los justos podían incorporarse a él mediante la fe en su futura venida y mediante los signos religiosos establecidos entonces. Después de Cristo, el Bautismo manifiesta sacramentalmente la fe en una salvación ya realizada.8

Para el Aquinate, el Bautismo de agua y el Bautismo de deseo no constituyen dos caminos independientes. El deseo recibe su eficacia de la gracia de Cristo comunicada por el sacramento y contiene la intención de recibirlo. Por eso el deseo basta en ciertos casos, pero no convierte en innecesario el sacramento instituido por Cristo.14

La escolástica también explica que el Bautismo de sangre puede producir los efectos principales del sacramento, sobre todo la remisión de la culpa y la incorporación espiritual a Cristo. Sin embargo, ni el Bautismo de deseo ni el de sangre imprimen el carácter sacramental del mismo modo que el Bautismo de agua. La ausencia del signo visible impide recibir materialmente esa dimensión sacramental, aunque Dios conceda la gracia salvadora.

La voluntad y la imposibilidad material

La teología escolástica formula un principio decisivo: la voluntad puede suplir el acto externo cuando la persona desea sinceramente realizarlo, pero una circunstancia insuperable le impide hacerlo. Santo Tomás aplica este principio al catecúmeno que muere antes de recibir el Bautismo. La intención no funciona como un sustituto arbitrario; adquiere eficacia porque expresa una fe viva y una caridad auténtica.9

Por el contrario, quien carece del sacramento y también de todo deseo de recibirlo queda fuera de las excepciones reconocidas por la doctrina. Santo Tomás considera especialmente grave el caso de quien rechaza el Bautismo por desprecio del sacramento, pues esa actitud manifiesta rechazo de Cristo y de su voluntad salvadora.5

Alcance y límites de la doctrina

No existe una necesidad absoluta del rito material

La Iglesia enseña la necesidad del Bautismo, pero no una necesidad absoluta de recibir siempre materialmente el agua. La Comisión Teológica Internacional afirma que la Iglesia nunca ha enseñado una necesidad absoluta del Bautismo sacramental, puesto que reconoce el Bautismo de sangre y el Bautismo de deseo como vías extraordinarias de configuración con Cristo.1

Esta precisión no rebaja la dignidad del sacramento. El Bautismo de agua continúa siendo el camino ordinario, seguro y mandado por Cristo. Las excepciones pertenecen al orden de la misericordia divina ante situaciones en las que la persona no puede recibir el sacramento, no al orden de una elección libre entre opciones equivalentes.

No basta una buena conducta meramente natural

El Bautismo de deseo no equivale a una vida honrada entendida únicamente en términos civiles o filosóficos. La doctrina exige una disposición que oriente la persona hacia Dios y hacia la salvación en Cristo: fe, arrepentimiento, amor a Dios y voluntad de cumplir su voluntad.

La persona sólo puede recibir la justificación por la gracia de Cristo. Una bondad natural separada de la fe y de la caridad sobrenatural no constituye por sí misma el Bautismo de deseo. Al mismo tiempo, el juicio sobre la conciencia concreta de cada persona pertenece a Dios, que conoce la luz recibida, la libertad, las circunstancias y la respuesta interior.

Responsabilidad de evangelizar y bautizar

La existencia del Bautismo de deseo y del Bautismo de sangre no disminuye la responsabilidad misionera de la Iglesia. Precisamente porque Cristo estableció el Bautismo como medio ordinario de salvación, la Iglesia anuncia el Evangelio, invita a la conversión y procura que todos puedan recibir el sacramento.

La Iglesia debe evitar dos actitudes contrapuestas: omitir el anuncio del Bautismo con el pretexto de confiar en la misericordia divina, o limitar la misericordia de Dios negando las vías extraordinarias reconocidas por la tradición. La enseñanza católica mantiene juntas la urgencia de evangelizar y la esperanza en la libertad salvadora de Dios.15

Los niños que mueren sin Bautismo

La doctrina sobre la necesidad del Bautismo exige distinguir entre quienes pueden realizar un acto personal de fe y quienes todavía carecen de uso de razón. Los niños no pueden pedir el sacramento ni rechazarlo conscientemente. Cuando reciben el Bautismo, padres y padrinos profesan la fe en nombre de ellos dentro de la fe de toda la Iglesia.

La tradición católica afirma con claridad la conveniencia y necesidad de bautizar a los niños, pero la Iglesia también reconoce que Dios puede salvar por caminos conocidos sólo por él. La reflexión teológica contemporánea invita a confiar en la misericordia divina respecto de los niños que mueren sin Bautismo, sin negar la importancia del sacramento ni formular una certeza dogmática sobre el modo concreto de su salvación.

El Bautismo de deseo, en sentido estricto, exige una respuesta personal y, por tanto, no puede aplicarse mecánicamente a un niño incapaz de realizarla. La situación de los niños difiere de la del catecúmeno adulto que desea explícitamente el Bautismo. La esperanza cristiana descansa aquí en la voluntad salvífica universal de Dios, en la inocencia personal del niño y en la misericordia de Cristo.

Sentido pastoral y espiritual

La doctrina invita a recibir el Bautismo con gratitud y a vivir de acuerdo con la identidad recibida. El sacramento no constituye un trámite social ni una simple ceremonia familiar. Introduce en la vida trinitaria, perdona el pecado, incorpora a la Iglesia y orienta toda la existencia hacia Cristo.

Los padres cristianos tienen la responsabilidad de solicitar pronto el Bautismo de sus hijos y de educarlos posteriormente en la fe. Los padrinos colaboran en esa tarea mediante el testimonio cristiano y el acompañamiento espiritual. La comunidad parroquial, por su parte, debe ayudar a que la gracia recibida en el Bautismo madure mediante la catequesis, la participación litúrgica, la vida moral y la caridad.

Para los adultos, la doctrina reclama una respuesta consciente: conocer a Cristo, arrepentirse del pecado, pedir el Bautismo y perseverar en la vida cristiana. Para quien ya ha recibido el sacramento, la necesidad bautismal se prolonga como llamada a vivir conforme a la dignidad de hijo de Dios y miembro de la Iglesia.

Conclusión

El dogma de la necesidad del Bautismo para la salvación afirma que nadie se salva fuera de Cristo, y que el Bautismo constituye el medio ordinario establecido por Cristo para participar en su muerte y resurrección, recibir el perdón de los pecados y entrar en la Iglesia. La necesidad presenta una dimensión de medio y otra de precepto: el sacramento pertenece al orden querido por Dios para la salvación y, además, Cristo mandó recibirlo.

La Iglesia no interpreta esta enseñanza como una necesidad absoluta del rito material en todos los casos. El Bautismo de deseo y el Bautismo de sangre pueden comunicar la gracia bautismal cuando una persona no puede recibir el agua, siempre que no exista desprecio voluntario del sacramento. Así, la doctrina conserva simultáneamente la centralidad del Bautismo sacramental, la responsabilidad de obedecer el mandato de Cristo y la libertad misericordiosa de Dios, cuya salvación procede siempre de Jesucristo.

Citas y referencias

  1. B2. Inquirere vias domini: En busca de discernir los caminos de Dios - Principios teológicos - 2.4. La necesidad del bautismo sacramental, Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados, 66 (2007). 2 3
  2. Tercera parte - De los que reciben el bautismo - ¿Están todos obligados a recibir el bautismo? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 68, A. 1, co. (1274). 2
  3. B2. Inquirere vias domini: En busca de discernir los caminos de Dios - Principios teológicos - 2.4. La necesidad del bautismo sacramental, Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados, 65 (2007). 2 3
  4. B1. Historia quaestionis historia y hermenéutica de la enseñanza católica - 1.1 fundamentos bíblicos, Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados, 10 (2007).
  5. Tercera parte - De los que reciben el bautismo - ¿Puede un hombre salvarse sin bautismo? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 68, A. 2, co. (1274). 2 3 4
  6. Bautismo, . Enciclopedia Católica, Bautismo (1913). 2 3
  7. B2. Inquirere vias domini: En busca de discernir los caminos de Dios - Principios teológicos - 2.3. La necesidad de la Iglesia, Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados, 57 (2007). 2
  8. Tercera parte - De los que reciben el bautismo - ¿Están todos obligados a recibir el bautismo? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 68, A. 1 (1274). 2
  9. Respuestas, Tomás de Aquino. Comentario a las Sentencias, 4.D4.Q3.A3.resp (1256). 2
  10. Capítulo 9. Tipos del mar rojo, y el agua de la roca, Quintus Septimius Florens Tertullianus (Tertuliano). Sobre el bautismo, 9. 2
  11. A Oceanus, Eusebio Sofrónio Jerónimo (Jerónimo de Estridón o San Jerónimo). Carta 69 - A Oceanus, 6 (397).
  12. Tercera parte - Del sacramento del bautismo - ¿Es necesaria agua corriente para el bautismo? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 66, A. 4 (1274).
  13. Uso del bautismo, Clemente de Roma. Reconocimientos de Clemente, Libro VI. Capítulo 9.
  14. Tercera parte - De los que reciben el bautismo - ¿Puede un hombre salvarse sin bautismo? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 68, A. 2 (1274).
  15. B2. Inquirere vias domini: En busca de discernir los caminos de Dios - Principios teológicos - 2.4. La necesidad del bautismo sacramental, Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados, 67 (2007).
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