El mandato de Cristo
Jesucristo vinculó explícitamente la fe y el Bautismo con la salvación. Antes de su ascensión, mandó a los apóstoles:
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
La misión apostólica incluye, por tanto, dos acciones inseparables: anunciar el Evangelio y administrar el Bautismo. La Iglesia primitiva entendió este mandato como una obligación universal dirigida a todos los pueblos, no como una práctica reservada a un grupo particular.1
El Evangelio según san Juan recoge una afirmación todavía más directa de Jesús a Nicodemo:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5).
La tradición católica ha interpretado el agua y el Espíritu como referencia al Bautismo cristiano. El Bautismo comunica una vida nueva que no procede únicamente del esfuerzo moral del ser humano, sino de la acción regeneradora del Espíritu Santo. La enseñanza de santo Tomás de Aquino relaciona este nacimiento nuevo con la incorporación a Cristo: quien recibe el Bautismo «se reviste de Cristo» y pasa a formar parte de sus miembros.2
También el Evangelio según san Marcos vincula la fe, el Bautismo y la salvación: «El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16,16). La Iglesia lee este pasaje en el conjunto de la revelación: el Bautismo no actúa mágicamente al margen de la fe, pero tampoco constituye un rito opcional para quien reconoce la verdad de Cristo y puede recibirlo.
El Bautismo en la predicación apostólica
Los Hechos de los Apóstoles presentan el Bautismo como la respuesta ordinaria a la conversión. En Pentecostés, san Pedro exhorta a sus oyentes a convertirse y recibir el Bautismo en el nombre de Jesucristo. La conversión cristiana comprende la fe en Cristo, el arrepentimiento, el don del Espíritu Santo y la entrada sacramental en la comunidad eclesial.
Los relatos de bautismos de familias enteras -como los de la casa de Lidia, la del carcelero de Filipos y la de Crispo- contribuyeron a la práctica antigua de bautizar también a los niños. La tradición católica considera que esos relatos pueden incluir menores y los relaciona con la temprana costumbre de administrar el Bautismo a los hijos de las familias cristianas.3
La predicación apostólica presenta además el Bautismo como participación en la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo escribe que los bautizados han sido sepultados con Cristo para caminar en una vida nueva (Rom 6,3-4). El sacramento no sólo borra culpas: transforma la condición espiritual de la persona, la incorpora al Cuerpo de Cristo y la orienta hacia la resurrección.
