Origen histórico del dogma
El reconocimiento formal de la divinidad y la presencia del Espíritu Santo se consagra en el Credo de Nicea‑Constantinopla (381 d.C.), aprobado por el Concilio de Constantinopla, que declara: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre»1. La formulación subraya que el Espíritu es Dios, co‑igual al Padre y al Hijo, y que su acción es esencial para la vida de la Iglesia2.
El Credo y la definición del Concilio de Constantinopla
El Concilio de Constantinopla afirmó que el Espíritu Santo es «el Señor, el dador de vida, que procede del Padre» y que «con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado»2. Esta confesión estableció el fundamento dogmático que la Iglesia ha transmitido sin alteración hasta la actualidad3.
