Acción en la jerarquía y en el ministerio apostólico
Desde Pentecostés existe una relación permanente entre el Espíritu Santo y el ministerio apostólico. Cristo confió a los apóstoles una misión visible, y el Espíritu actuó con ellos para establecer, conservar y extender la Iglesia.
La jerarquía no posee al Espíritu como una propiedad privada ni controla su acción. Los ministerios y las estructuras eclesiales están al servicio del Espíritu y deben cumplir su misión dentro de la obra de Cristo. La autoridad apostólica garantiza la continuidad de la doctrina y del ministerio recibidos de los apóstoles, pero necesita siempre la docilidad al Espíritu Santo.
La acción jerárquica ofrece a la Iglesia una forma objetiva de unidad, continuidad y discernimiento. Sin la referencia apostólica, cualquier experiencia espiritual podría presentarse como inspiración cristiana sin conservar la verdad del Evangelio ni la comunión eclesial.
Acción en los carismas de los fieles
El Espíritu Santo distribuye dones diversos entre todos los miembros de la Iglesia. Los carismas pueden manifestarse en la evangelización, la enseñanza, la vida consagrada, el servicio a los pobres, la vida familiar, la reflexión teológica, la atención pastoral o la renovación espiritual. Su finalidad consiste en edificar la Iglesia y servir al bien de los hombres.,
Cada fiel tiene derecho y deber de ejercer sus dones en la Iglesia y en el mundo, con libertad espiritual y en comunión con los hermanos, especialmente con sus pastores. Esta libertad no equivale a independencia absoluta: el carisma auténtico permanece ordenado a la obra de Cristo y a la unidad del Cuerpo eclesial.
Complementariedad entre institución y carisma
La oposición entre una Iglesia institucional y una Iglesia carismática contradice la lógica de la acción del Espíritu Santo. El Espíritu suscita simultáneamente ministerios estables y dones libres; ambos proceden de la misma misión divina y deben cooperar en la edificación del Cuerpo de Cristo.
La institución necesita los carismas para evitar el inmovilismo y responder a nuevas necesidades históricas. Los carismas necesitan la comunión apostólica para discernir su autenticidad, evitar el subjetivismo y conservar la orientación cristológica. El criterio de ambos ámbitos reside en la fidelidad a Cristo, a la doctrina apostólica y a la comunión eclesial.
El Espíritu Santo conserva una iniciativa propia que puede manifestarse mediante carismas y actuaciones imprevistas. Esta libertad no significa arbitrariedad ni oposición a la jerarquía, porque el mismo Espíritu que suscita la novedad edifica la obra histórica de Cristo.