Origen bíblico y patrístico
El relato de la caída en el Génesis y la exposición de San Pablo en la carta a los Romanos («por un hombre entró el pecado en el mundo… y a todos los hombres alcanzó») constituye la base bíblica del concepto de pecado original como herencia de la culpa y de la condición caída de la humanidad1. Los Padres de la Iglesia, siguiendo esta interpretación, comprendieron que la transgresión de Adán afectó a toda la familia humana, no como una culpa individual sino como una herida colectiva que se transmite a cada generación.
Desarrollo doctrinal en el Concilio de Trento
El Concilio de Trento confirmó de forma inequívoca que el bautismo es necesario para la remisión del pecado que cada ser humano contrae por generación de sus padres, aun cuando no haya cometido aún culpa propia2,3. La formulación «no por imitación, sino por propagación» quedó consagrada en los documentos conciliares y se repite en la Enchiridión del Dogma (Dz 102)4.
