La Resurrección de Jesús constituye la primicia de la resurrección universal. Cristo no resucita como un caso aislado, sino como cabeza de una humanidad destinada a participar en su victoria.
La teología católica distingue dos modos principales de causalidad: la causa eficiente y la causa ejemplar.
Cristo como causa eficiente
Cristo resucitado es causa eficiente de nuestra resurrección porque la acción divina que vivificó su cuerpo actúa también como principio de la resurrección futura de los hombres. Santo Tomás de Aquino atribuye esta eficacia al poder divino, presente en Cristo y comunicado a quienes serán resucitados.
La causa eficiente es aquello que produce un efecto. Dios resucita a los muertos mediante Cristo, cuya humanidad glorificada participa de modo singular en la acción salvadora de la Trinidad.
La Resurrección de Cristo tiene eficacia universal respecto a la resurrección corporal. La gloria definitiva, sin embargo, corresponde a quienes participan de Cristo mediante la gracia y viven en conformidad con él.
Cristo como causa ejemplar
Cristo es también causa ejemplar de nuestra resurrección. Su cuerpo glorioso constituye el modelo conforme al cual Dios transformará nuestros cuerpos. San Pablo expresa esta esperanza al afirmar que Cristo configurará nuestro cuerpo humilde con su cuerpo glorioso.
La causa ejemplar no produce directamente el efecto, sino que ofrece la forma o modelo que el efecto reproduce. La Resurrección de Cristo muestra anticipadamente qué significa la glorificación de la humanidad: no la liberación del cuerpo, sino su transfiguración. Santo Tomás enseña que la Resurrección de Cristo es ejemplar para los justos, que serán configurados con él.
Cristo es, por tanto, causa eficiente porque su poder comunica la vida; y causa ejemplar porque su cuerpo glorioso constituye el modelo de nuestra transformación futura. Su Resurrección es también la primicia que inaugura el orden definitivo de la humanidad redimida.