El carácter indisoluble del sacramento
El Concilio Vaticano II declara que el sacerdote, por la imposición de manos, recibe un carácter permanente que lo marca para siempre como ministro del altar1. El Presbyterorum Ordinis especifica que este carácter es una señal que lo conforma a Cristo el Sacerdote, habilitándolo para actuar in persona Christi1. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que, al estar unido al orden episcopal, el sacerdote comparte la autoridad que Cristo confiere para edificar y santificar el Cuerpo de la Iglesia2. El Papa Pío X enfatiza que la indeleble naturaleza del carácter impide que el sacerdote sea reordenado, aun cuando caiga en pecado grave3. El Mediator Dei confirma que el sacramento del Orden no solo otorga gracia, sino también un carácter que indica la conformidad del ministro con Cristo el Sumo Sacerdote4.
La participación en el sacerdocio de Cristo
Lumen Gentium explica que todos los fieles son «reyes y sacerdotes» (LG 10), pero que el sacerdote participa de manera especial en el sacerdocio de Cristo mediante el sacramento de las Órdenes5. En LG 41 se afirma que los sacerdotes, al recibir la gracia del sacramento, son configurados al sumo sacerdote eterno, para ejercer la pastoral, la oración y el sacrificio con el coraje que les otorga el Espíritu Santo6. Pastores Dabo Vobis subraya que el sacerdote es instrumento viviente de Cristo, llamado a «reunir a toda la humanidad con Cristo» mediante su ministerio sacramental7. La Ecclesia de Eucharistia recalca que el sacerdote actúa en la persona de Cristo para ofrecer el sacrificio eucarístico, una función que nadie más puede desempeñar válidamente8.

