La revelación progresiva
El Antiguo Testamento proclama con firmeza la unicidad de Dios, pero no expone todavía de manera plena el misterio trinitario. La revelación alcanza su claridad definitiva con Jesucristo y con la efusión del Espíritu Santo.
La fe cristiana contempla ciertos indicios veterotestamentarios -como la Palabra creadora de Dios y el Espíritu que se cierne sobre las aguas- a la luz de la revelación de Cristo. El Catecismo interpreta la creación como una obra inseparable del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, aunque la afirmación explícita de esta acción trinitaria pertenece a la fe de la Iglesia en la Nueva Alianza.
Jesucristo, Hijo eterno del Padre
El Nuevo Testamento presenta a Jesucristo como el Hijo eterno de Dios, no como una criatura superior ni como un simple hombre adoptado por Dios. El prólogo del Evangelio de san Juan proclama que el Verbo existía desde el principio, estaba junto a Dios y era Dios.
La filiación del Hijo implica una relación eterna con el Padre. El Hijo recibe del Padre la misma naturaleza divina, pero no comienza a existir en el tiempo. Por eso el Credo de Nicea-Constantinopla lo llama:
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.
El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, confesó que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, un solo Dios con Él. El Concilio de Constantinopla, en el año 381, conservó esta doctrina y afirmó la generación eterna del Hijo.
La relación entre el Padre y el Hijo no tiene carácter corporal ni temporal. La teología llama al Hijo Verbo porque procede del conocimiento perfecto que Dios tiene de sí mismo. En Dios, el Verbo posee la misma naturaleza divina que el Padre y constituye una Persona distinta.
El Espíritu Santo, Persona divina
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Trinidad. No es una fuerza impersonal, una energía divina ni una simple manifestación del Padre y del Hijo. Él conoce, quiere, ama, santifica, guía a la Iglesia y comunica la vida divina.
La tradición latina confiesa que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta procesión no equivale a una generación: sólo el Hijo procede como Hijo, mientras que el Espíritu Santo procede de un modo distinto, propio de su Persona. La teología occidental relaciona esta procesión con el amor eterno del Padre y del Hijo.
La tradición teológica describe al Espíritu Santo como Amor, Don, Vínculo de amor y Espíritu de comunión. Estas expresiones no sustituyen su nombre personal, pero ayudan a explicar que su origen no consiste en una generación intelectual como la del Verbo.