La Iglesia es una porque procede del designio único de Dios, tiene a Jesucristo como única cabeza, recibe la vida del único Espíritu Santo y congrega a los bautizados en una sola comunión. El Credo resume esta realidad al proclamar la Iglesia «una, santa, católica y apostólica». La unidad no constituye un rasgo meramente organizativo ni una coincidencia externa entre comunidades cristianas: pertenece al ser mismo de la Iglesia.1
La unidad eclesial comprende varios elementos inseparables:
- La unidad de la fe, que consiste en profesar la misma revelación divina.
- La unidad de los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
- La unidad de la comunión, expresada en la pertenencia a una misma Iglesia y en la comunión con sus pastores.
- La unidad de la caridad, que conforma interiormente a los fieles como miembros de un único Cuerpo de Cristo.
La tradición teológica ha relacionado estos elementos con la afirmación de que la Iglesia es una en sentido real, no simplemente ideal o simbólico. La unidad de doctrina, culto y autoridad forma una estructura orgánica: una fe común, una celebración sacramental común y un ministerio pastoral común.2


