La incapacidad del hombre caído para redimirse a sí mismo constituye el reverso de otra verdad central de la fe católica: la necesidad absoluta de la gracia para la salvación. El hombre no puede pasar por sí mismo del estado de pecado a la justicia sobrenatural, ni producir con sus solas facultades el acto de fe, la conversión interior o la caridad que une con Dios.
El Concilio de Trento expresó esta enseñanza con precisión doctrinal. En el adulto, el comienzo de la justificación procede de la gracia preveniente de Dios por Jesucristo. Dios llama al pecador sin apoyarse en méritos anteriores y, mediante la iluminación y el impulso del Espíritu Santo, dispone su corazón para la conversión. El hombre puede aceptar o rechazar esa inspiración, pero no puede dirigirse por sus propias fuerzas hacia la justicia sobrenatural.1
La Iglesia no enseña que el hombre carezca de toda capacidad para realizar actos humanos, conocer ciertas verdades o practicar bienes morales. La doctrina afirma algo más concreto y profundo: ninguna capacidad natural puede producir la vida divina ni merecer la visión beatífica sin la gracia de Dios.
La Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación formula este principio en términos inequívocos:
«Todas las personas dependen completamente de la gracia salvadora de Dios para su salvación. Como pecadores, no pueden por sí mismas volverse hacia Dios para buscar la liberación, merecer su justificación ante Dios ni alcanzar la salvación mediante sus propias capacidades. La justificación tiene lugar solo por la gracia de Dios».2

