El cristianismo ofrece una afirmación equilibrada: el mundo posee autonomía real y leyes propias, pero esa autonomía no implica independencia absoluta de Dios.
Autonomía auténtica
La tradición conciliar, recogida en el magisterio, presenta la autonomía como el reconocimiento de que las realidades creadas y las sociedades disfrutan de sus propias leyes y valores, que las personas deben comprender, aplicar y regular con métodos acordes con la razón humana.
El mismo Concilio vincula esa autonomía con la voluntad del Creador: las cosas creadas reciben estabilidad, verdad, bondad y orden; la tarea humana consiste en respetarlas, estudiarlas y servirlas con métodos adecuados.,
Autonomía falsa: independencia sin referencia al Creador
El Concilio también delimita el error: si la autonomía significa independencia total respecto de Dios y uso de las cosas sin referencia al Creador, entonces la autonomía pierde su fundamento. El Concilio afirma una consecuencia radical: sin el Creador, la criatura «desaparecería» como tal.
Así, el carácter temporal del mundo no legitima un secularismo cerrado; el carácter creado del mundo exige la referencia a Dios.
Dimensión moral y social
Esta perspectiva impacta la vida pública y la ética. La doctrina social subraya que el ser humano no debe quedar manipulado por estructuras políticas o económicas, porque conserva libertad para orientarse al fin último.
La misma doctrina afirma que toda actividad cultural, social, económica o política tiene una «realidad relativa y provisional», porque la forma de este mundo pasa; al mismo tiempo, esa relatividad no reduce el valor de las tareas humanas, sino que las coloca en el contexto de su fin escatológico.