Unidad de cuerpo y alma
La relación entre la resurrección de la carne y el juicio final resulta intrínseca. El ser humano no es un alma que utiliza accidentalmente un cuerpo, sino una unidad de cuerpo y alma. La muerte separa ambos elementos, pero esa separación no pertenece al designio definitivo de Dios. En la resurrección, Dios reunirá el alma con el cuerpo y concederá al cuerpo una vida incorruptible mediante el poder de Cristo resucitado.
Por esta razón, el juicio final no puede reducirse a un acto jurídico externo. Dios juzga al ser humano entero y lleva a cumplimiento la retribución de la persona completa. El cuerpo participará en la gloria o en la condenación porque también participó en las obras buenas o malas realizadas durante la vida.
La tradición cristiana antigua vinculó expresamente la resurrección de la carne con la posibilidad de un juicio pleno, perfecto y definitivo. El alma y el cuerpo deben reunirse para que la persona reciba la consumación de su destino en la totalidad de su naturaleza.
Identidad y transformación del cuerpo resucitado
Cada persona resucitará con su propio cuerpo, el mismo cuerpo que tuvo durante su vida, aunque transformado y glorificado. La identidad corporal no significa que el cuerpo resucitado conserve todas las condiciones actuales de debilidad, enfermedad o corrupción. Cristo cambiará el cuerpo mortal para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso.
San Pablo compara la muerte y la resurrección con la semilla que muere para dar lugar a una forma nueva de vida. La continuidad personal permanece, pero la condición corporal cambia radicalmente: lo corruptible revestirá incorruptibilidad y lo mortal, inmortalidad.
La doctrina excluye tanto el materialismo, que reduce al ser humano al cuerpo, como el gnosticismo, que considera el cuerpo una prisión de la que el alma debería liberarse. La resurrección afirma la dignidad de la materia, del cuerpo y de la historia concreta de cada persona.,
El cuerpo como lugar de la respuesta moral
La resurrección revela la seriedad de la vida corporal. El cuerpo participa en la oración, en el servicio, en el sufrimiento, en la caridad y también en el pecado. Por eso, la justicia divina no puede limitarse a premiar o castigar un alma abstracta. La persona resucitada recibirá el fruto definitivo de la vida que llevó en su cuerpo.
La resurrección fundamenta así una antropología cristiana integral. El respeto al cuerpo propio y al cuerpo ajeno, la atención a los enfermos, la defensa de la vida y la responsabilidad moral ante el uso de los bienes corporales adquieren una dimensión escatológica. El cuerpo está destinado al Señor y no constituye una realidad indiferente para la salvación.