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Dogmas sobre el ser humano

Los dogmas sobre el ser humano reúnen las verdades reveladas por Dios y propuestas definitivamente por la Iglesia acerca del origen, la naturaleza, la dignidad, la libertad, la condición caída, la redención y el destino eterno de la persona humana. La fe católica contempla al ser humano desde la creación hasta la gloria: criatura hecha a imagen de Dios, herida por el pecado, restaurada por Cristo y llamada a participar eternamente de la vida divina.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreDogmas sobre el ser humano
CategoríaTérmino
DescripciónVerdades definitivas de la Iglesia acerca del ser humano desde la creación hasta la gloria. Verdades reveladas por Dios y propuestas de forma definitiva por la Iglesia sobre el origen, naturaleza, dignidad, libertad, condición caída, redención y destino eterno de la persona humana. Verdad revelada por Dios que la Iglesia propone de modo definitivo para la fe de los fieles
ContextoDoctrina católica sobre la naturaleza y dignidad del ser humano.
Enseñanzas PrincipalesDios creó al ser humano libremente y por amor; Cada persona posee alma espiritual e inmortal; La persona humana es unidad de cuerpo y alma; Todos los seres humanos fueron creados a imagen de Dios; La imagen divina constituye una dignidad ontológica inviolable; La semejanza con Dios se desarrolla mediante gracia, libertad y vida moral; Cristo es la imagen perfecta del Padre y revela plenamente el misterio humano; El pecado original hirió la naturaleza humana pero no destruyó su libertad ni...
TipoDogma

Tabla de contenido

Significado de «dogma»

La palabra dogma procede del griego dógma, término relacionado con una decisión, una doctrina o un decreto. En el lenguaje teológico católico, designa una verdad revelada por Dios que la Iglesia propone definitivamente para la fe de todos los fieles.1

El dogma posee, por tanto, dos dimensiones inseparables:

  • Una dimensión revelada: la verdad procede de Dios y pertenece al depósito de la fe.
  • Una dimensión eclesial: la Iglesia, mediante su Magisterio, propone esa verdad con autoridad vinculante.

En sentido estricto, un dogma es una doctrina mediante la cual la Iglesia propone definitivamente una verdad revelada y obliga a toda la Iglesia universal a aceptarla; la negación pertinaz de esa verdad constituye herejía.2

No todos los documentos pontificios, conciliares o episcopales contienen definiciones dogmáticas. El Magisterio puede enseñar con diversos grados de autoridad y obligación. La Comisión Teológica Internacional reconoce la autoridad de los concilios ecuménicos, del Magisterio ordinario y universal de los obispos y del Magisterio pontificio, pero reserva el término dogma para las proposiciones que presentan definitivamente una verdad revelada y obligan a la Iglesia universal.3

La Iglesia también interpreta cada dogma dentro del conjunto de la fe. Las verdades dogmáticas mantienen entre sí una conexión interna, llamada tradicionalmente nexus mysteriorum. Aunque todas las verdades reveladas proceden de la misma autoridad divina, su importancia teológica depende de su relación con el misterio central de Cristo.4

La creación del ser humano

El ser humano, criatura de Dios

La doctrina católica enseña que Dios creó libremente el universo entero y que la creación responde a un designio de sabiduría y bondad. Dentro de ese designio, Dios quiso elevar al ser humano a la participación de la vida divina.5

El ser humano no constituye una divinidad ni una parte de Dios. Tampoco resulta de una necesidad interna de la naturaleza divina. Recibe su existencia como don y depende radicalmente del Creador. Sin embargo, Dios lo quiso por sí mismo y lo destinó a conocerle, amarle y vivir eternamente con Él.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la persona humana constituye «la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» y que, desde la concepción, está ordenada a la bienaventuranza eterna.6

Unidad de cuerpo y alma

El ser humano posee una alma espiritual e inmortal. La inteligencia, la voluntad y la libertad brotan de esa dimensión espiritual, aunque actúan en una persona corporal y concreta. La fe católica no considera el cuerpo una prisión del alma ni una realidad inferior por naturaleza.

La doctrina cristiana excluye todo dualismo metafísico que enfrente radicalmente materia y espíritu. Dios creó tanto las realidades materiales como las espirituales, y todo cuanto creó procede de su bondad. La encarnación del Verbo confirma que el cuerpo pertenece intrínsecamente a la persona: Jesucristo asumió una humanidad corporal verdadera, no una apariencia física.7

La redención alcanza también al cuerpo. Los sacramentos comunican la gracia mediante signos materiales perceptibles, recibidos por la persona corporal. Además, la resurrección final del cuerpo manifiesta que el ser humano alcanzará la eternidad como una realidad completa, corporal y espiritual.7

La imagen y la semejanza de Dios

La imagen de Dios: un fundamento ontológico

El Génesis presenta al ser humano como creado «a imagen y semejanza de Dios». La imagen de Dios posee un fundamento ontológico, es decir, pertenece al mismo ser de la persona humana. No depende del grado de inteligencia, salud, autonomía, edad, productividad, posición social o conducta moral.

Toda persona humana posee esa imagen desde el comienzo de su existencia. Por ello, cada individuo posee una dignidad inviolable y no puede reducirse a una cosa, a un instrumento o a una pieza subordinada a un sistema político, económico, científico o cultural.8

La imagen divina se expresa especialmente en las capacidades espirituales de la persona:

  • La inteligencia, capaz de conocer la verdad.
  • La voluntad, capaz de amar y elegir el bien.
  • La libertad, mediante la cual la persona dirige responsablemente su vida.
  • La capacidad de comunión, por la que puede entregarse y entrar en relación con otras personas.

La libertad constituye una manifestación eminente de la imagen divina. La persona no alcanza su perfección escogiendo cualquier cosa de manera arbitraria, sino buscando y amando lo verdadero y lo bueno.6

La semejanza de Dios: una vocación dinámica

La tradición cristiana ha distinguido, con diversos matices, entre imagen y semejanza. La imagen indica el don originario e irrevocable de la dignidad humana; la semejanza designa la configuración progresiva de la vida con Dios mediante la gracia, la libertad y la práctica del bien.

La Declaración Dignitas infinita recoge esta distinción como una perspectiva dinámica: la imagen de Dios pertenece a la persona desde su existencia, mientras que la semejanza puede crecer bajo la acción del Espíritu Santo. La persona manifiesta más plenamente su dignidad cuando orienta libremente su vida hacia el bien y responde al amor de Dios.9,10

La distinción no significa que algunas personas posean la imagen de Dios y otras carezcan de ella. Todos poseen la imagen; todos están llamados a crecer en semejanza. El pecado puede oscurecer la dignidad y deformar su manifestación moral, pero nunca elimina la imagen divina ni cancela la llamada al bien.10

Cristo, imagen perfecta del Padre y plenitud del ser humano

Cristo constituye la «imagen del Dios invisible». En Él aparece la humanidad en su forma perfecta y se revela también el sentido último de la persona humana. El Concilio Vaticano II enseña que Cristo manifiesta plenamente el ser humano al propio ser humano y descubre su vocación elevada.6

La conformación con Cristo no destruye la naturaleza humana, sino que la sana, la eleva y la lleva a su plenitud. La gracia transforma al creyente en hijo adoptivo de Dios y le capacita para vivir según el ejemplo de Cristo, avanzar hacia la santidad y alcanzar la vida eterna.6

La dignidad y la vocación sobrenatural

La dignidad humana nace de la creación a imagen de Dios y alcanza su cumplimiento en la vocación a la bienaventuranza divina. La persona humana no encuentra su fin último en el placer, el poder, el éxito, la posesión o el reconocimiento social, sino en la comunión eterna con Dios.6

Dios llama a cada persona a una alianza de conocimiento y amor. Ninguna otra criatura visible puede ofrecer a Dios una respuesta consciente, libre y amorosa en nombre propio. La persona posee, por ello, una singular responsabilidad moral y religiosa.11

La dignidad humana permanece en todas las circunstancias. La culpa personal, la enfermedad, la discapacidad, la pobreza, la dependencia, la ancianidad o la proximidad de la muerte no disminuyen el valor fundamental de la persona. La dignidad ontológica pertenece al ser humano por don irrevocable; la conducta puede manifestarla o oscurecerla, pero no crearla ni destruirla.10

La libertad humana

Libertad y responsabilidad

La libertad permite a la persona orientar sus actos hacia el bien o apartarse de él. La libertad no equivale a independencia absoluta respecto de Dios, de la verdad o del orden moral. La persona alcanza su perfección cuando utiliza la libertad para amar el bien y realizar su vocación.

La conciencia reconoce la exigencia moral fundamental de hacer el bien y evitar el mal. La vida moral expresa la dignidad de la persona porque muestra su capacidad para responder responsablemente a la verdad y al amor.6

La libertad después del pecado

El pecado original no destruyó la libertad humana. El Concilio de Trento enseñó que el libre albedrío no quedó extinguido, aunque sufrió un debilitamiento y una inclinación desordenada.12

La razón conserva la capacidad de conocer verdades naturales fundamentales, incluidos ciertos principios religiosos y morales. La voluntad también puede realizar actos verdaderamente buenos. La herida del pecado afecta a las facultades humanas, pero no elimina sus capacidades esenciales.13

La libertad humana, sin embargo, no puede alcanzar por sus propias fuerzas la plena unión sobrenatural con Dios. La salvación y la orientación hacia los bienes sobrenaturales requieren la gracia de Cristo.13

El estado original y el pecado original

La santidad y justicia originales

La doctrina católica enseña que Dios concedió a los primeros padres un estado de santidad y justicia original. Este don incluía una armonía particular con Dios, consigo mismos, con los demás y con la creación.

La condición original no constituía una exigencia debida a la naturaleza humana. La gracia recibida por el primer hombre representaba una elevación gratuita y sobrenatural; Dios podía haber creado al ser humano sin esos dones extraordinarios sin destruir por ello su naturaleza ni privarlo de sus bienes fundamentales.12

La caída y sus consecuencias

El pecado original tuvo como consecuencia la pérdida de la santidad y justicia originales. La humanidad quedó sometida a la muerte y bajo el dominio del pecado. El Concilio de Trento describió esta transformación como un deterioro que afectó al ser humano en cuerpo y alma.12

La condición humana posterior al pecado recibe el nombre teológico de natura lapsa, naturaleza caída. Esta expresión no significa que la naturaleza humana se haya convertido en algo malo ni que haya perdido su esencia. Indica que la persona conserva su bondad creatural, pero vive con una inclinación desordenada, con una inteligencia oscurecida y con una voluntad debilitada.

La concupiscencia

La concupiscencia designa la inclinación al pecado que permanece en la persona después del pecado original. No constituye pecado personal mientras no exista consentimiento libre, pero inclina hacia actos contrarios al bien. El Concilio de Trento enseñó que la concupiscencia procede del pecado y conduce hacia el pecado, sin identificarse con el pecado mismo.13

La concupiscencia permanece incluso en quien ha recibido el bautismo. El bautismo borra el pecado original y comunica la gracia santificante, pero deja al cristiano un combate espiritual que exige vigilancia, conversión y cooperación con la gracia.

La redención y la gracia

La humanidad caída no constituye la palabra definitiva sobre el ser humano. Dios no abandonó a la humanidad después del pecado de Adán, sino que ofreció continuamente auxilios para la salvación y orientó la historia hacia Cristo, Redentor e imagen perfecta del Dios invisible.5

Por su pasión, muerte y resurrección, Cristo libera del pecado y del poder del demonio, comunica la vida nueva del Espíritu Santo y restaura lo que el pecado había dañado. La gracia no sustituye la naturaleza ni elimina la libertad; sana las facultades humanas, las eleva y las orienta hacia su fin sobrenatural.6

La vida cristiana constituye un proceso de transformación. La persona recibe la gracia, crece en las virtudes, combate el pecado y alcanza la perfección de la caridad. La semejanza con Dios madura mediante la unión con Cristo y la acción del Espíritu Santo.8

La dimensión personal y comunitaria

La imagen de Dios no se reduce a las facultades individuales. La persona está llamada a la comunión. Puede conocerse, poseerse libremente, entregarse y establecer relaciones de amor con otras personas.11

La comunión humana refleja, de modo creado y limitado, la comunión de las personas divinas. Por eso, la dignidad humana fundamenta la fraternidad, la justicia y la solidaridad. Ninguna persona puede utilizar a otra como mero medio para lograr fines económicos, políticos, científicos o ideológicos.

El Concilio Vaticano II vincula la imagen de Dios con la capacidad humana para vivir socialmente, conocer y amar al Creador y colaborar responsablemente en la obra de la creación. La actividad humana debe orientarse hacia la justicia y la fraternidad, para formar una única familia humana.8,8

El destino eterno y la resurrección del cuerpo

La persona humana está destinada a la bienaventuranza eterna desde su concepción. Esta afirmación expresa que el sentido definitivo de la existencia humana trasciende la vida terrena y culmina en la visión y posesión de Dios.6

La fe católica espera la resurrección de los muertos. La resurrección no consiste en la supervivencia de un alma separada del cuerpo como destino definitivo, sino en la restauración plena de la persona. El cuerpo forma parte esencial de la identidad humana y participa de la redención alcanzada por Cristo.7

La gloria final llevará a plenitud la semejanza con Dios. La persona, transformada por la gracia y conformada con Cristo, participará de la vida divina. La Iglesia contempla esta culminación en la reunión de todos los justos con el Padre dentro de la comunión universal de los santos.5

Síntesis doctrinal

Los dogmas católicos sobre el ser humano pueden resumirse en las siguientes afirmaciones:

  • Dios creó al ser humano libremente y por amor.
  • Cada persona posee un alma espiritual e inmortal.
  • La persona humana constituye una unidad de cuerpo y alma.
  • Todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios.
  • La imagen divina funda una dignidad ontológica inviolable.
  • La semejanza con Dios crece mediante la gracia, la libertad y la vida moral.
  • Cristo, imagen perfecta del Padre, revela plenamente el misterio del ser humano.
  • El pecado original hirió la naturaleza humana, pero no destruyó su libertad ni su dignidad.
  • La concupiscencia inclina al pecado, pero no equivale por sí misma a pecado personal.
  • La gracia de Cristo sana, eleva y perfecciona la naturaleza humana.
  • La persona está llamada a la comunión con Dios y con los demás.
  • El destino último del ser humano consiste en la bienaventuranza eterna y la resurrección del cuerpo.

La visión católica del ser humano integra creación, dignidad, libertad, pecado, gracia, comunión y gloria. La persona no puede comprenderse plenamente al margen de Dios, porque procede de Él, lleva su imagen, ha sido redimida por Cristo y está llamada a participar eternamente de su vida.

Citas y referencias

  1. Dogma. Enciclopedia Católica, Dogma (1913).
  2. César Izquierdo. El dogma y su interpretación, 23 (1991).
  3. Capítulo 2: Permanecer en la comunión de la Iglesia - 2. Fidelidad a la tradición apostólica, Comisión Teológica Internacional. Teología Hoy: Perspectivas, Principios y Criterios, 29 (2011).
  4. B. Los fundamentos teológicos - III. Reflexiones teológicas básicas y fundamentales - 3. Dogmas en sentido estricto, Comisión Teológica Internacional. La interpretación del dogma, B.III.3 (1989).
  5. Lumen gentium, Concilio Vaticano II. Lumen Gentium, 2 (21-11-1964). 2 3
  6. Capítulo 1: La dignidad de la persona humana. Catecismo de la Iglesia Católica, 1700 (1992). 2 3 4 5 6 7 8
  7. Capítulo 2: A la imagen de Dios: Personas en comunión - 1. Cuerpo y alma, Comisión Teológica Internacional. Comunión y mayordomía: Personas humanas creadas a imagen de Dios, 29 (2004). 2 3
  8. Capítulo 1: Personas humanas creadas a imagen de Dios - 3. El imago dei en el Concilio Vaticano II y en la teología actual, Comisión Teológica Internacional. Comunión y mayordomía: Personas humanas creadas a imagen de Dios, 22 (2004). 2 3 4
  9. B2. La Iglesia proclama, promueve y garantiza la dignidad humana, Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración «Dignitas Infinita» sobre la dignidad humana, 21 (2024).
  10. B2. La Iglesia proclama, promueve y garantiza la dignidad humana - Un compromiso con la propia libertad, Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración «Dignitas Infinita» sobre la dignidad humana, 22 (2024). 2 3
  11. Capítulo 1: Creo en Dios el Padre. Catecismo de la Iglesia Católica, 357 (1992). 2
  12. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 14 de mayo de 1980, 1 (1980). 2 3
  13. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 8 de octubre de 1986, 1 (1986). 2 3
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