La fe católica afirma la divinidad plena de Jesucristo como un dogma fundamental, establecido en los primeros concilios ecuménicos. Este dogma rechaza cualquier subordinación de Cristo al Padre y lo presenta como consustancial con Dios. Según la tradición, Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, generado no creado, de la misma sustancia divina.
El Concilio de Nicea en el año 325 proclamó que Jesucristo es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia del Padre».1 Esta definición combatió herejías como el arrianismo, que negaba la plena divinidad de Cristo. La divinidad de Jesús se revela en los Evangelios, donde se le atribuyen obras propias de Dios, como el perdón de los pecados y la creación de la vida.
En el Credo Niceno-Constantinopolitano, recitado en la liturgia católica, se confiesa: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo: por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».2 Este dogma implica que Cristo no es un mero profeta o un ser intermedio, sino el Verbo eterno hecho visible, integrando la salvación en la historia humana.
La teología católica enfatiza que la divinidad de Cristo no anula su humanidad, sino que la eleva. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, Jesús es «verdadero Dios y verdadero hombre», rechazando cualquier mezcla confusa o división de naturalezas.3
