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Dogmas sobre Jesucristo

Los dogmas sobre Jesucristo expresan la fe católica acerca de su identidad, su encarnación y su obra salvadora. La Iglesia confiesa que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios hecho hombre: una sola Persona divina, con plena divinidad y plena humanidad. La doctrina cristológica protege simultáneamente estas dos verdades, sin confundir las naturalezas ni dividir a Cristo en dos sujetos.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreDogmas sobre Jesucristo
CategoríaTérmino
DescripciónEnseñanzas que afirman a Jesús como Hijo eterno, verdadero Dios y verdadero hombre, con dos naturalezas unidas en una sola Persona. Verdad revelada por Dios y definida por la autoridad de la Iglesia como parte de la fe católica. Los dogmas cristológicos declaran que Jesucristo es una única Persona con plena divinidad y plena humanidad, poseen unión hipostática, comunicación de idiomas, doble voluntad y doble operación, y que María es Madre de Dios (Theotokos)
Contexto HistóricoFormulados en los concilios de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso, Calcedonia (451) y Constantinopla III (680-681).
Doctrinas RelacionadasUnión hipostática, comunicación de idiomas, doble voluntad, doble operación, Theotokos.
Eventos RelacionadosConcilio de Nicea, Concilio de Calcedonia, III Concilio de Constantinopla.
ImportanciaBase esencial de la cristología y la soteriología católica, garantiza la eficacia de la redención.
Importancia EclesialFundamento doctrinal para la fe, el Credo y la liturgia católica.
TipoDogma

Tabla de contenido

Concepto de dogma cristológico

Un dogma cristológico es una verdad revelada por Dios y definida por la autoridad de la Iglesia como perteneciente a la fe católica. Estas definiciones no pretenden explicar exhaustivamente el misterio de Cristo, sino formularlo con precisión y excluir interpretaciones incompatibles con la fe apostólica.

La cristología católica parte de una afirmación fundamental: Jesucristo es una única Persona, la Persona divina del Hijo o Verbo eterno. Esta Persona subsiste en dos naturalezas completas, la divina y la humana. Por tanto, la unidad personal tiene prioridad lógica y ontológica sobre la distinción de naturalezas: no existen en Jesucristo dos personas, dos sujetos o dos individuos, sino un solo Hijo de Dios.1

La distinción entre persona y naturaleza resulta esencial:

  • La persona responde a la pregunta «¿quién es?»: en Cristo, el Hijo eterno de Dios.
  • La naturaleza responde a la pregunta «¿qué es?»: Cristo es verdadero Dios según la naturaleza divina y verdadero hombre según la naturaleza humana.

Esta distinción evita dos errores opuestos: reducir la humanidad de Jesús a una apariencia y dividirlo en un sujeto divino y otro humano.

Jesucristo, verdadero Dios

La filiación divina eterna

Jesucristo es el Hijo unigénito del Padre, engendrado eternamente y no creado. El Concilio de Nicea confesó que el Hijo es «Dios verdadero de Dios verdadero» y consustancial al Padre, es decir, posee la misma naturaleza divina que el Padre.2

La expresión consustancial al Padre excluye la idea de que el Hijo sea una criatura superior, un ser intermedio entre Dios y el mundo o una manifestación inferior de la divinidad. El Hijo posee plenamente la divinidad y existe eternamente junto al Padre.

La divinidad de Jesucristo pertenece al núcleo de la fe cristiana desde los orígenes de la Iglesia y encuentra continuidad en las definiciones conciliares sobre Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia.1

El Hijo, creador y Señor

El Hijo no pertenece al orden de las criaturas. El Credo afirma que mediante él fueron creadas todas las cosas, tanto las visibles como las invisibles. La Iglesia puede llamar a Jesús Señor, creador y omnipotente porque el sujeto de esas acciones es la Persona divina del Verbo.2

Esta afirmación no significa que la humanidad de Jesús, considerada como naturaleza humana, posea por sí misma los atributos divinos. Significa que la Persona que actúa mediante esa humanidad es el Hijo eterno de Dios.

Jesucristo, verdadero hombre

La realidad plena de la humanidad

Jesucristo es verdadero hombre, no una apariencia humana ni un cuerpo animado por una divinidad sin alma humana. El Concilio de Calcedonia lo confesó «perfecto en la humanidad» y verdadero hombre «de alma racional y cuerpo». También lo declaró consustancial con nosotros según la humanidad y semejante a nosotros en todo excepto en el pecado.1

La humanidad de Cristo incluye, por tanto:

  • Un cuerpo humano verdadero.
  • Un alma humana racional.
  • Inteligencia humana.
  • Voluntad humana.
  • Afectos y sufrimientos humanos.
  • Nacimiento, crecimiento, pasión y muerte verdaderos.

La humanidad de Jesús no queda absorbida por la divinidad. La unión con el Verbo la eleva y la santifica, pero conserva íntegramente sus propiedades naturales.

La humanidad asumida desde la concepción

La humanidad de Cristo no existió previamente como una persona humana independiente que después fuera unida al Hijo. Desde el primer instante de su concepción, la naturaleza humana de Jesús tuvo como único sujeto a la Persona divina del Hijo. Admitir una persona humana previa produciría dos sujetos en Cristo y destruiría la unidad de la encarnación.3

Por ello, la Iglesia no contempla a Jesús como un hombre autónomo al que Dios habría adoptado posteriormente, sino como el mismo Hijo eterno que asumió una naturaleza humana verdaderamente suya.

La encarnación del Hijo de Dios

Significado de la encarnación

La encarnación es el misterio por el cual el Hijo eterno de Dios asumió una naturaleza humana sin dejar de ser Dios. El Verbo no se transformó en una criatura ni dejó de poseer la naturaleza divina. Tampoco la humanidad se convirtió en divinidad.

La encarnación implica que el Hijo es:

  • Eterno según la divinidad.
  • Nacido en el tiempo según la humanidad.
  • Consustancial con el Padre según la divinidad.
  • Consustancial con nosotros según la humanidad.

El Concilio de Calcedonia vinculó la encarnación con la salvación: el Hijo se hizo hombre «por nosotros y por nuestra salvación».1

La unión hipostática

La unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo recibe el nombre de unión hipostática. El término hipóstasis designa aquí la subsistencia personal concreta.

La unión hipostática no es:

  • Una mezcla de Dios y del hombre que produzca una tercera realidad.
  • Una transformación de la divinidad en humanidad.
  • Una yuxtaposición de dos sujetos.
  • Una adopción de un hombre separado por parte del Hijo.
  • Una división de Cristo en dos personas.

La unión hipostática conserva las propiedades de ambas naturalezas y las hace concurrir en una sola Persona y subsistencia.4

María, Madre de Dios

El dogma de la maternidad divina

La Iglesia confiesa a María como Madre de Dios, en griego Theotokos. Esta expresión no significa que María sea origen de la divinidad eterna del Hijo. El Hijo procede eternamente del Padre según la divinidad. María es Madre de Dios porque dio a luz según la carne al mismo Hijo de Dios hecho hombre.

El Concilio de Éfeso definió que quien nació de María según la humanidad es verdaderamente el Verbo de Dios encarnado. Por eso, no cabe atribuir el nacimiento a un hombre separado del Verbo.5

La maternidad divina de María protege directamente la unidad personal de Cristo. Si María fuera solo madre de un hombre unido exteriormente al Verbo, habría dos sujetos en Jesús. La confesión de María como Theotokos afirma, en cambio, que el nacido de ella es el único Hijo y Señor Jesucristo.

La definición de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, formuló la doctrina clásica de las dos naturalezas de Cristo. La Iglesia confiesa «un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo», perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre.1

Calcedonia describió la unión de las naturalezas mediante cuatro adverbios:

Sin confusión

La divinidad y la humanidad no se mezclan ni forman una tercera naturaleza. La humanidad no deja de ser humanidad y la divinidad no deja de ser divinidad.

Sin cambio

El Verbo no se transforma en carne, ni la humanidad se convierte en divinidad. La encarnación no es una metamorfosis de Dios en hombre.

Sin división

Cristo no consta de dos personas o dos individuos. Todas las acciones de Jesús pertenecen al único sujeto personal: el Hijo de Dios.

Sin separación

Las dos naturalezas permanecen inseparablemente unidas en la Persona del Verbo. Nunca existió una humanidad de Cristo independiente del Hijo.

Los cuatro adverbios protegen simultáneamente la distinción real de las naturalezas y la unidad absoluta de la Persona.4

La comunicación de idiomas

Definición

La comunicación de idiomas-communicatio idiomatum- es la posibilidad de atribuir a la única Persona de Cristo las propiedades y acciones propias de cualquiera de sus dos naturalezas.

La expresión «idiomas» no designa lenguas habladas, sino propiedades, características y operaciones. Como Cristo es una sola Persona, podemos decir:

  • Que Dios nació de María según la carne.
  • Que el Señor de la gloria fue crucificado.
  • Que Jesús es omnipotente.
  • Que Jesús sufrió y murió.
  • Que Jesús creó todas las cosas.

Estas afirmaciones no atribuyen sufrimiento a la divinidad ni omnipotencia a la humanidad considerada aisladamente. Atribuyen ambas cosas al mismo sujeto personal, el Hijo de Dios, que actúa según una naturaleza u otra.5

Fundamento cristológico

La comunicación de idiomas depende de la unión hipostática. Si en Cristo hubiera dos personas, no podríamos atribuir los actos humanos a Dios ni los atributos divinos al mismo Jesús. Pero, dado que existe una sola Persona divina, las acciones realizadas mediante la humanidad pertenecen realmente al Hijo.

Cristo sufre, muere y nace según la humanidad; al mismo tiempo, Cristo es eterno, creador y omnipotente según la divinidad. El sujeto de todos esos actos es uno solo.

El lenguaje cristiano no afirma que la naturaleza divina pueda padecer o morir. Afirma que la Persona divina del Hijo padeció y murió en su naturaleza humana.

La cruz y la comunicación de idiomas

La pasión y la muerte manifiestan con especial claridad esta doctrina. La divinidad no puede sufrir ni morir, pero el crucificado no es un hombre separado del Verbo: es el mismo Hijo de Dios hecho hombre. Por eso, la Iglesia puede hablar de la muerte del Señor sin afirmar que la naturaleza divina haya dejado de existir.

La humanidad experimenta el sufrimiento y la muerte; la Persona divina permanece como sujeto de esa experiencia humana. Así, la cruz pertenece verdaderamente al Hijo, aunque el sufrimiento corresponda a la naturaleza humana.

Las dos voluntades de Cristo

La voluntad humana como elemento esencial

Jesucristo posee una voluntad divina y una voluntad humana. La voluntad pertenece a la naturaleza: si Cristo tiene una naturaleza divina completa y una naturaleza humana completa, también posee una voluntad divina y una voluntad humana.

La ausencia de voluntad humana convertiría la humanidad de Jesús en una humanidad incompleta. Cristo no habría asumido plenamente nuestra condición, ni habría querido humanamente nuestra salvación.

El III Concilio de Constantinopla definió que en Cristo existen dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, unidas en la única Persona del Hijo.6

El monotelismo

El monotelismo fue la doctrina que atribuyó a Cristo una sola voluntad. La Iglesia lo rechazó porque esa posición mutilaba la realidad de la humanidad de Jesús. La voluntad humana forma parte de la naturaleza humana íntegra y no puede desaparecer por la unión con el Verbo.7

La doctrina católica tampoco enseña dos voluntades enfrentadas. La voluntad humana de Cristo no se opone pecaminosamente a la voluntad divina. Es una voluntad humana perfecta, libre de pecado, que actúa en armonía y subordinación filial a la voluntad divina.

Getsemaní y la obediencia del Hijo

La oración de Jesús en Getsemaní manifiesta la realidad de su voluntad humana. Jesús afronta humanamente el sufrimiento y la muerte, pero su voluntad humana abraza libremente el designio salvador del Padre.

El III Concilio de Constantinopla enseñó que la voluntad humana de Cristo sigue a la voluntad divina «sin oposición o resistencia», permaneciendo auténticamente humana y sin quedar suprimida.6

La obediencia de Cristo no es una lucha entre dos sujetos. Es el acto libre del único Hijo, que quiere humanamente aquello que quiere divinamente: la salvación del mundo.

Las dos operaciones de Cristo

Operación divina y operación humana

Cristo posee también dos operaciones naturales: una divina y otra humana. La operación es el ejercicio de una naturaleza. La divinidad obra divinamente y la humanidad obra humanamente, pero ambas operaciones pertenecen a la única Persona del Verbo.

El Concilio de Constantinopla III enseñó que las dos operaciones permanecen sin división, sin cambio, sin separación y sin confusión.6

Así:

  • Jesús camina, habla, trabaja y sufre mediante operaciones humanas.
  • Jesús perdona los pecados, realiza milagros y da la vida mediante su poder divino.
  • El sujeto de ambas clases de actos es siempre el mismo Jesucristo.

La cooperación de las naturalezas

La tradición cristológica expresa esta verdad diciendo que cada naturaleza actúa en comunión con la otra según lo que le es propio: el Verbo realiza lo que corresponde al Verbo y la carne realiza lo que corresponde a la carne. Los milagros manifiestan el poder divino, mientras que los sufrimientos manifiestan la realidad de la humanidad.8

Esta cooperación no produce dos acciones independientes de dos sujetos distintos. Las dos operaciones concurren en el único acto personal de Cristo.

La impecabilidad de Cristo

Cristo es semejante a nosotros en todo excepto en el pecado. La humanidad asumida por el Hijo es verdadera, pero no está herida por el pecado ni sometida a una voluntad desordenada.6

La ausencia de pecado no reduce la libertad humana de Jesús. Al contrario, la libertad alcanza en él su perfección, porque su voluntad humana no está dividida por el desorden moral. La obediencia de Cristo al Padre es plenamente humana, libre y amorosa.

Unidad personal y diversidad de acciones

Un solo sujeto

Todas las acciones de Jesús pertenecen a una única Persona. No existe un Jesús humano que actúe al margen del Hijo, ni un Hijo divino que permanezca distante de la vida humana de Jesús.

La Iglesia rechaza expresamente la idea del homo assumptus, según la cual el Verbo habría unido a sí a un hombre autónomo y separado. Esa concepción introduce dos sujetos en Cristo y contradice la fe en la unidad personal del Salvador.5

Distinción sin separación

La unidad de la Persona no elimina las diferencias entre las naturalezas. Jesús posee propiedades humanas auténticas y propiedades divinas auténticas. La fe católica mantiene ambas afirmaciones sin reducir una a la otra.

La divinidad explica la eternidad, la omnipotencia y los milagros de Cristo. La humanidad explica su nacimiento, crecimiento, cansancio, sufrimiento y muerte. Pero el sujeto de todos esos acontecimientos es el mismo Hijo de Dios.

Consecuencias soteriológicas

Los dogmas cristológicos no constituyen una especulación abstracta. La salvación cristiana depende de la verdad sobre quién es Jesús.

Si Cristo no fuera Dios, su obra no tendría la eficacia universal y definitiva que la Iglesia atribuye a la redención. Si no fuera verdaderamente hombre, no habría asumido realmente nuestra condición ni habría padecido y muerto en nuestra naturaleza.

La doctrina de la unión hipostática permite confesar que el Hijo de Dios salva mediante una humanidad auténtica. La humanidad de Cristo pertenece personalmente al Hijo; por eso, sus actos humanos -su obediencia, pasión, muerte y resurrección- tienen valor salvador.

La unidad de Cristo también fundamenta la esperanza cristiana: el hombre Jesús, crucificado y resucitado, es el mismo Hijo eterno que permanece junto al Padre. El Credo confiesa que padeció, murió, resucitó, ascendió al cielo y volverá para juzgar a vivos y muertos.8

Síntesis de los dogmas cristológicos

La fe católica confiesa que:

  1. Jesucristo es verdadero Dios, el Hijo eterno y unigénito del Padre.
  2. Jesucristo es verdadero hombre, con alma racional, cuerpo, inteligencia y voluntad humanas.
  3. El Hijo se encarnó realmente para la salvación de la humanidad.
  4. Cristo es una sola Persona divina, no dos personas ni dos sujetos.
  5. Cristo posee dos naturalezas completas, divina y humana.
  6. Las dos naturalezas permanecen unidas sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación.
  7. María es verdaderamente Madre de Dios, porque dio a luz según la carne al Hijo de Dios hecho hombre.
  8. En virtud de la comunicación de idiomas, las propiedades de ambas naturalezas pueden atribuirse al único Cristo.
  9. Cristo posee dos voluntades naturales, una divina y otra humana.
  10. Cristo posee dos operaciones naturales, una divina y otra humana.
  11. La voluntad humana de Cristo no se opone a la divina, sino que la sigue libremente y coopera con ella.
  12. La humanidad de Jesús permanece íntegra y sin pecado.

La fórmula central de la cristología católica puede resumirse así: un solo Jesucristo, Hijo eterno de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en dos naturalezas unidas en una única Persona divina.

Citas y referencias

  1. III. La encarnación del Hijo de Dios, Sancta Sedes. Acta Apostólica de Sedis: Número 3, marzo de 2007, 83 (2007). 2 3 4 5
  2. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 9 de marzo de 1988, 1 (1988). 2
  3. Juan Eduardo Carreño. Teología, Filosofía y Biología: Una interpretación de la concepción de Jesucristo, 16 (2024).
  4. L.F. Mateo-Seco. Notas introductorias al estudio de la Cristología, 30 (1991). 2
  5. Sagrada Sede. Acta Apostólica de Sedis: Número 3, marzo de 2007, 84 (2007). 2 3
  6. Tercer concilio de Constantinopla (d.C. 680-681) - La definición de la fe, Documento conciliar. Tercer Concilio de Constantinopla (d.C. 680-681), La Definición de la Fe (680). 2 3 4
  7. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 23 de marzo de 1988, 3 (1988).
  8. Tercer concilio de Constantinopla (d.C. 680-681) - La carta de Agato y del sínodo romano de 125 obispos que debía servir como instrucción a los legados enviados a asistir al sexto sínodo, Documento conciliar. Tercer Concilio de Constantinopla (d.C. 680-681), La carta de Agato y del Sínodo Romano de 125 Obispos que debía servir como instrucción a los legados enviados a asistir al sexto sínodo. (680). 2
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