Dios es el único Creador
La Iglesia enseña que existe un solo principio creador: Dios. Ningún ángel, fuerza cósmica, espíritu, materia o poder natural comparte con Él la capacidad de producir el ser de las criaturas.
Esta afirmación pertenece al núcleo de la fe cristiana. Dios no compite con otros dioses ni depende de un principio superior. Todo lo que existe fuera de Él recibe de Él su existencia. Las criaturas pueden actuar verdaderamente, pero ninguna posee el ser por sí misma ni puede crear en sentido estricto.
La unicidad de Dios como Creador también fundamenta la unidad del universo. La realidad no procede de una lucha originaria entre divinidades ni de dos sustancias eternas contrapuestas. La creación forma un conjunto ordenado, aunque permanezca marcado por la finitud, el desorden derivado del pecado y los límites propios de las criaturas.
Dios creó el mundo de la nada
La creación ex nihilo enseña que Dios produjo el universo sin materia preexistente. Antes de la acción creadora no existía ninguna realidad creada capaz de condicionar o limitar la voluntad divina.
La expresión también posee una dimensión metafísica: todo ser creado recibe su existencia. Una criatura puede originar cambios en otra criatura, pero no puede otorgarle el ser absolutamente considerado. Sólo Dios, que es el Ser por esencia, puede llamar a la existencia a aquello que no existía.
La creación de la nada no obliga a imaginar un instante físico anterior al universo. El tiempo pertenece al orden creado. La doctrina afirma ante todo la dependencia radical de todo cuanto existe respecto de Dios, aunque la investigación científica estudie los estados iniciales, la evolución y la historia del cosmos mediante sus propios métodos.
Dios creó todas las realidades visibles e invisibles
El acto creador abarca el mundo espiritual y el mundo material. Dios creó los ángeles y el universo corpóreo; creó también al ser humano, que reúne en su naturaleza una dimensión corporal y otra espiritual.
La doctrina católica rechaza tanto el materialismo, que reduce toda realidad a materia y energía, como el desprecio de la materia propio de algunas corrientes dualistas. La materia procede de Dios y es buena en cuanto criatura. La Encarnación del Verbo confirma de modo supremo la dignidad de la realidad corporal: el Hijo de Dios asumió una verdadera naturaleza humana.
Los ángeles son criaturas espirituales, personales e incorpóreas. No constituyen partes de Dios ni emanaciones de su sustancia. El universo visible, por su parte, posee una consistencia propia y puede estudiarse mediante la observación, la experimentación y la razón.
La creación es buena y ordenada
Dios creó un mundo ordenado y bueno. La bondad de la creación no significa que las criaturas sean infinitas, perfectas o idénticas a Dios. Significa que cada criatura posee el bien que corresponde a su naturaleza y que, en cuanto procede de Dios, no contiene un principio originario de maldad.
El mal no constituye una sustancia creada por Dios ni un segundo principio eterno. El mal moral nace del uso desordenado de la libertad. El IV Concilio de Letrán vinculó el origen del mal con la libertad de la criatura.
La existencia de sufrimiento, muerte y desorden en el mundo exige además distinguir entre la bondad original de la creación, la condición histórica afectada por el pecado y la restauración final prometida en Cristo. El primer hombre fue creado bueno y vivía en amistad con su Creador, en armonía consigo mismo y con la creación.
Dios conserva y gobierna la creación
Dios no creó el universo para abandonarlo después. La creación implica una relación permanente entre el Creador y las criaturas. Dios conserva el mundo en el ser, sostiene la actividad de las criaturas y conduce la creación hacia su cumplimiento por medio del Hijo y del Espíritu Santo.
Esta conservación no elimina la autonomía relativa de las realidades creadas. Las criaturas actúan de acuerdo con su naturaleza y producen efectos reales. Dios sostiene esas capacidades y, al mismo tiempo, permite que las causas creadas actúen según sus propias leyes y facultades.
La providencia divina no equivale a un determinismo que convierta a las criaturas en instrumentos sin libertad. Dios gobierna el universo respetando el orden que Él mismo ha establecido, incluida la libertad humana. La responsabilidad moral presupone precisamente que la persona puede conocer y elegir sus actos.