El cielo como comunión con Dios
El cielo no es simplemente un lugar físico ni una prolongación indefinida de los bienes terrenos. Constituye la comunión perfecta y eterna con Dios, junto con los ángeles y los santos.
La felicidad última del hombre consiste en Dios mismo. El Catecismo del Concilio de Trento enseña que la felicidad esencial consiste en contemplar a Dios y gozar de su bondad, porque Él es la fuente de toda perfección.
La vida eterna no consiste principalmente en recibir bienes creados, sino en poseer al mismo Dios. Dios es el fin último del hombre, tanto en la vida presente como en la futura. La criatura alcanza su plenitud cuando entra en la comunión para la que fue creada.
Naturaleza de la visión beatífica
La visión beatífica es la contemplación inmediata de la esencia divina por los bienaventurados. Dios no será conocido solo mediante criaturas, imágenes o conceptos creados, sino que se dará a conocer de modo directo y claro.
La constitución dogmática Benedictus Deus, de Benedicto XII, enseña:
Las almas de los santos «ven y contemplan la esencia divina con visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de criatura alguna».
La visión beatífica supera las capacidades naturales del entendimiento creado. Para contemplar a Dios, el hombre necesita la elevación sobrenatural de la gracia y la luz de la gloria. Esta luz perfecciona el entendimiento y lo hace capaz de contemplar la esencia divina sin convertir a la criatura en Dios por naturaleza.
La participación en la vida divina no destruye la identidad humana. El bienaventurado conserva su naturaleza creada, pero recibe una transformación sobrenatural que le permite vivir en comunión inmediata con la Trinidad. Pío XII describe esta unión como la contemplación eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo mediante la luz de la gloria.
La visión de Dios antes del juicio final
La visión beatífica puede comenzar antes de la resurrección de la carne. Las almas de los santos, una vez purificadas, contemplan a Dios antes del juicio universal y de la reunificación con sus cuerpos. Benedicto XII definió expresamente esta verdad al enseñar que las almas de los justos gozan de la presencia divina antes de la resurrección corporal.
Sin embargo, la felicidad del alma separada todavía espera su plenitud antropológica. El hombre no alcanza su estado definitivo completo hasta la resurrección, porque la persona humana existe como unidad de alma y cuerpo.