Los sacramentos son signos eficaces de la gracia que la Iglesia reconoce como instituidos por Cristo y confiados a su autoridad para comunicar la vida divina a los fieles1. El dogma afirma que estos signos no son meras ceremonias humanas, sino que poseen una eficacia propia que no depende de la santidad del ministro ni del receptor, sino del acto salvador de Cristo2.
Origen bíblico y patrístico
Desde la Gran Comisión (Mateo 28, 19‑20) la Iglesia recibe la misión de bautizar y enseñar, lo que ya indica la presencia de sacramentos fundamentales3. Los Padres de la Iglesia, como San Agustín y San Tomás de Aquino, describen los sacramentos como «signos sagrados» que hacen presente la gracia invisible mediante signos visibles4.
Declaración conciliar y magisterial
El Concilio de Trento definió de forma inequívoca que existen siete sacramentos y que fueron todos instituidos por Jesucristo; quien niegue esta verdad será anatematizado2. La Professio de Fe del Concilio, recogida en el Enchiridion Symbolorum (Dz 996), reitera la misma enseñanza, subrayando que los sacramentos confieren gracia y que algunos no pueden repetirse sin sacrilegio5.
