La devoción a la Divina Misericordia no se entiende como un añadido marginal, sino como una expresión orgánica del sentido de Pascua. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos explica que, con ocasión de la octava de Pascua, se difundió una devoción especial vinculada a los escritos de sor Faustina: se centra en la misericordia derramada en la muerte y resurrección de Cristo, fuente del Espíritu Santo que perdona los pecados y restaura la alegría.1
Por esa razón, la misma norma señala que el Segundo Domingo de Pascua, llamado actualmente «Domingo de la Divina Misericordia», es el «lugar natural» para expresar en la vida de los fieles la aceptación del Redentor que salva. En esa celebración, la Iglesia aprende a comprender la misericordia a la luz del tiempo pascual.1
De hecho, la enseñanza litúrgica ilumina el corazón del acontecimiento: el «Cristo pascual» es presentado como la realización definitiva de la misericordia: un signo vivo, de alcance histórico-salvífico y también escatológico. Así, el cristiano canta y vive que la misericordia del Señor no es una idea abstracta, sino una historia de salvación que alcanza el presente.1
