La Semana Santa comienza el Domingo de Ramos «de la Pasión del Señor». La celebración enlaza el reconocimiento de Cristo como rey con la proclamación de su pasión: el mismo Jesús que entra en Jerusalén entre aclamaciones se encamina hacia la cruz y la culminación de su misterio pascual.1,3
La entrada en Jerusalén no presenta a Jesús como un soberano que impone su poder. Entra montado en un asno, signo de humildad y mansedumbre, y cumple la imagen profética del rey que llega sin ostentación. La Iglesia interpreta aquella acogida como una manifestación de su identidad mesiánica, aunque su realeza alcanza su sentido pleno en la pasión y en la cruz.4,3
Por este motivo, el Domingo de Ramos no constituye solo una conmemoración festiva de la llegada de Jesús a la ciudad santa. La liturgia presenta juntas la aclamación y la pasión, y sitúa al fiel ante el camino que conduce desde el entusiasmo de la multitud hasta la entrega de Cristo. La celebración inaugura así la semana dedicada a la pasión, muerte y resurrección de Jesús.1,3



