El Domingo de Ramos es una celebración de contrastes, donde la aclamación jubilosa de «Hosanna» a Jesús como rey se une a la lectura de su Pasión y muerte1,2. Este día inicia la Semana Santa, la cual está «estrechamente ligada a la sucesión de los acontecimientos» de la Pasión de Cristo en Jerusalén hace casi dos mil años3. La entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un asno, cumplió las profecías de Zacarías, que anunciaban la llegada de un rey humilde y victorioso3. La multitud lo recibió tendiendo sus mantos y ramas en el camino, clamando «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»4.
La Iglesia celebra esta entrada triunfal con una procesión solemne, en la que los fieles, con cantos y gestos, imitan a los niños hebreos que salieron al encuentro del Señor5. Históricamente, esta conmemoración se realizaba con grandes multitudes que se reunían en el Monte de los Olivos y regresaban en procesión a Jerusalén, acompañando al obispo y llevando palmas y ramas de olivo6.

