La celebración del Domingo de Resurrección se remonta a los orígenes mismos de la Iglesia cristiana, vinculada directamente a la tradición apostólica que conmemoraba el evento de la resurrección de Cristo el primer día de la semana, es decir, el domingo. Desde los primeros siglos, los cristianos se reunían en este día para revivir el paso del Señor de la muerte a la vida, simbolizando no solo el cumplimiento de las profecías mesiánicas, sino también el inicio de una nueva creación.1 Esta práctica, arraigada en los relatos evangélicos que describen el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado, evolucionó hasta convertirse en la fiesta principal del año litúrgico, superando incluso otras solemnidades por su significado redentor.3
En los primeros concilios eclesiales, como el de Nicea en el siglo IV, se estableció la fecha del Domingo de Resurrección para que coincidiera con el primer domingo después de la luna llena posterior al equinoccio de primavera, asegurando su conexión con la Pascua judía y destacando su universalidad.4 A lo largo de la historia, papas y concilios han reforzado su importancia, recordando que este día no es mero recuerdo histórico, sino una realidad viva que transforma la existencia de los creyentes, como se evidencia en las homilías patrísticas que lo presentan como el «día que hizo el Señor» para la salvación.5,6

