Origen en el pontificado de Pablo VI
El Domingo del Buen Pastor acoge la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por el papa san Pablo VI en 1964, durante el Concilio Vaticano II. La iniciativa nació para que toda la Iglesia pidiera al Señor nuevas vocaciones y ayudara al Pueblo de Dios a responder a la llamada y a la misión recibidas.
La jornada no surgió como una celebración aislada de los seminarios, sino como una iniciativa eclesial vinculada a la imagen de Cristo Pastor. La Iglesia pide vocaciones porque Cristo continúa llamando colaboradores para el servicio del Evangelio y para el cuidado pastoral de su pueblo.
Desarrollo de la jornada
Con el paso de los años, los papas han dirigido mensajes anuales a toda la Iglesia. Estos mensajes han presentado diversos aspectos de la vocación cristiana, entre ellos:
- La vocación como don de la gracia.
- La llamada al sacerdocio y a la vida consagrada.
- La misión evangelizadora.
- La responsabilidad de las familias y las comunidades.
- El discernimiento vocacional.
- La relación entre oración, escucha y servicio.
En 2023, el papa Francisco recordó que san Pablo VI estableció la jornada en 1964 y explicó que la vocación une gracia y misión: Dios llama gratuitamente, y la persona responde entregándose al servicio del Evangelio.
La jornada también invita a superar una concepción reducida de la vocación. Todo bautizado recibe una llamada a la santidad y a la misión. Dentro de esa vocación fundamental aparecen formas concretas de vida, como el matrimonio cristiano, el sacerdocio ministerial, la vida consagrada, el celibato apostólico y diversas tareas de servicio eclesial y social.
La vocación sacerdotal y religiosa
La liturgia del Buen Pastor relaciona especialmente la jornada con las vocaciones sacerdotales y religiosas. Cristo confía a determinados discípulos una participación sacramental y pastoral en su misión. Los sacerdotes anuncian la palabra, celebran los sacramentos y sirven a la comunidad cristiana, especialmente mediante la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana.
La Iglesia pide también vocaciones a la vida religiosa y consagrada, cuyos miembros testimonian particularmente la primacía de Dios mediante la oración, la vida comunitaria, los consejos evangélicos y el servicio apostólico. La diversidad de carismas manifiesta la riqueza de la única misión de Cristo.
Una vocación auténtica no busca poder, prestigio ni autorrealización desligada del Evangelio. El ministerio pastoral participa del estilo del Buen Pastor: humildad, entrega, escucha, protección de los débiles, disponibilidad y fidelidad a la verdad.
Responsabilidad de toda la comunidad
La promoción de las vocaciones no corresponde solo a los sacerdotes o a los responsables diocesanos. La familia, la parroquia, la escuela católica, los grupos apostólicos y las comunidades religiosas contribuyen al nacimiento, discernimiento, formación y perseverancia de las vocaciones.
El papa Francisco ha descrito la Iglesia como el ámbito donde las vocaciones nacen, maduran y dan fruto. La comunidad acompaña el discernimiento y ayuda a reconocer si una llamada procede realmente de Dios y conduce al servicio de la Iglesia y del mundo.
La vocación posee una dimensión comunitaria. Dios no llama a una persona para encerrarla en un grupo privado, sino para incorporarla a la Iglesia y enviarla a la misión. La comunidad cristiana debe ofrecer acompañamiento, formación doctrinal, vida sacramental, dirección espiritual prudente y espacios de servicio.