La tradición cristiana relaciona los siete dones con la profecía de Isaías sobre el rey mesiánico, en quien reposará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia y temor de Dios. La versión griega de los Setenta y la Vulgata latina incorporaron también la piedad, al desdoblar la repetición del temor de Dios en el pasaje. La teología cristiana aplicó esta plenitud del Espíritu a Cristo y, por participación, a la vida de los cristianos.3,4
La palabra ciencia tiene aquí un sentido teológico, no el de una disciplina experimental. Al hablar de este don, la Iglesia no alude principalmente a la capacidad de descubrir las leyes de la naturaleza, sino a una iluminación espiritual que ayuda a captar, mediante las criaturas, la relación de estas con Dios.1
