La Escritura coloca los dones en continuidad con la vida del creyente bajo la acción del Espíritu: el mismo Espíritu «da» luz interior para conocer. El don de inteligencia aparece ligado a la promesa profética y a la acción del Espíritu en el corazón del discípulo. La comprensión cristiana sitúa este don como parte del dinamismo por el que la fe recibe una inteligencia mayor de su objeto: los misterios de Dios.
La tradición teológica interpreta este don como una capacidad de conocimiento íntimo: la inteligencia sobrenatural no se limita a datos externos o a conclusiones obtenidas por razonamiento, sino que alcanza el «interior» del misterio, donde la fe encuentra su sentido.
