La caridad es una virtud teologal infusa. Esto significa que no procede únicamente de la educación, del esfuerzo moral, de la simpatía natural o de la repetición de actos buenos. Dios la comunica gratuitamente al alma mediante el Espíritu Santo. Santo Tomás de Aquino sostiene que la caridad supera las capacidades naturales del ser humano y, por tanto, no puede adquirirse como una virtud meramente humana: procede de la infusión divina.1
La caridad pertenece al orden sobrenatural porque introduce a la persona en una relación de amistad con Dios fundada en la participación futura en la bienaventuranza eterna. No consiste solamente en cumplir normas, practicar la solidaridad o experimentar afecto religioso. Su realidad más profunda consiste en participar de la vida y del amor de Dios.
San Pablo presenta la caridad como la mayor de las virtudes teologales, junto con la fe y la esperanza. La fe permite conocer a Dios, la esperanza orienta hacia la posesión de Dios y la caridad une directamente con Dios mediante el amor. La caridad no elimina la fe ni la esperanza, sino que las lleva a su plenitud.
La caridad como hábito sobrenatural
En teología, una virtud es un hábito, es decir, una disposición estable que capacita para realizar determinados actos buenos. La caridad no equivale a un sentimiento pasajero ni depende siempre de una emoción intensa. Su sede propia radica en la voluntad, aunque puede influir en la sensibilidad, en los afectos y en las acciones exteriores.2
Una persona puede poseer caridad incluso durante un período de sequedad espiritual, cansancio o sufrimiento interior. La intensidad emocional no mide por sí sola la profundidad de la caridad. Santo Tomás distingue entre el fervor sensible y la caridad propiamente dicha: el primero puede variar sin que la virtud aumente o disminuya en la misma proporción.3,4

