La palabra esperanza designa, en sentido general, el deseo de un bien futuro unido a la confianza de alcanzarlo. La tradición escolástica la entiende como el movimiento hacia un bien difícil, pero posible. En el ámbito cristiano, la esperanza adquiere una profundidad sobrenatural: Dios mismo constituye su fundamento, su ayuda y su meta.1
La esperanza cristiana no consiste solo en aguardar acontecimientos favorables. Es una virtud teologal infundida por Dios, junto con la fe y la caridad. Su objeto principal es la bienaventuranza eterna, es decir, la unión plena con Dios, y su fundamento inmediato es la ayuda divina, que permite alcanzar ese fin.2
La expresión don de la esperanza puede entenderse, por tanto, en dos sentidos relacionados:
- Como don del Espíritu Santo, que origina y sostiene la vida sobrenatural.
- Como virtud teologal, hábito estable que capacita al creyente para esperar de Dios la salvación y los medios necesarios para alcanzarla.
El papa san Juan Pablo II explicó que la esperanza no debe confundirse con un don extraordinario reservado a ciertas personas. El Espíritu Santo la ofrece a todo ser humano que se abre a Cristo mediante la fe.3



