La expresión don de la fe admite dos sentidos relacionados, pero distintos. En el primero designa la virtud teologal infundida por Dios, mediante la cual la persona cree en Él y en lo que Él ha revelado. En el segundo designa un carisma: una gracia especial concedida a algunos para el bien común de la Iglesia. No debe confundirse, por tanto, la fe teologal, llamada a todos los fieles, con el carisma particular que algunos pueden recibir.
La teología distingue también entre fides qua-la fe con la que se cree, es decir, el acto y la disposición del creyente- y fides quae-aquello que se cree, el contenido de la revelación-. Ambos aspectos forman una unidad: la adhesión personal a Dios no queda separada de las verdades que Él comunica.1
La fe cristiana tiene por objeto último a Dios, la Verdad primera, tal como se manifiesta en la Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. El creyente no acepta la revelación porque comprenda exhaustivamente sus misterios, sino por la autoridad de Dios, que revela y no puede engañar.2,3

