Un carisma concedido por el Espíritu Santo
El don de milagros pertenece a las gracias carismáticas o gratiae gratis datae. Estas gracias reciben ese nombre porque Dios las concede gratuitamente para utilidad de otras personas y para la edificación de la comunidad, no como recompensa automática por la santidad del beneficiario.
La teología católica distingue entre:
- La gracia santificante, que transforma interiormente a la persona y la une a Dios.
- Las gracias actuales, que ayudan a realizar actos concretos de fe, esperanza y caridad.
- Los carismas, que capacitan para prestar determinados servicios espirituales o visibles a la comunidad.
El don de milagros pertenece a la tercera categoría. Dios puede concederlo a una persona santa, pero también, en circunstancias excepcionales, a alguien que no posea una vida moral ejemplar. La tradición teológica recuerda que los carismas extraordinarios no demuestran por sí solos la caridad sobrenatural de quien los manifiesta.1
Por tanto, milagro y santidad no son realidades idénticas. La santidad consiste fundamentalmente en la unión con Dios mediante la caridad. El don de milagros, en cambio, constituye una capacidad carismática ordenada al provecho de los demás. Un santo puede no realizar milagros, y una persona que realiza un signo extraordinario no queda por ello justificada ni canonizada.
Dios es el único autor del milagro
El beneficiario del carisma no posee un poder divino independiente. El milagro procede de Dios, que puede servirse de la oración, de la palabra, de la imposición de manos o de otros gestos realizados por un ministro o por un fiel.
La expresión bíblica «en el nombre de Jesucristo» manifiesta precisamente que el poder no pertenece al instrumento humano. Los Hechos de los Apóstoles presentan milagros realizados por Pedro, Esteban y Pablo, pero los vinculan al nombre y a la autoridad de Cristo.2
El sujeto carismático actúa como instrumento, no como fuente primera. Por eso la atribución correcta dice que Dios obra el milagro mediante una persona, y no que la persona produce el milagro por su propio poder.


