El concepto de don de palabra se enmarca dentro de los dones espirituales o carismas descritos en el Nuevo Testamento, particularmente en las epístolas de san Pablo. Estos dones no son talentos naturales, sino gracias sobrenaturales que el Espíritu Santo distribuye libremente para edificar el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, enumera varios de estos carismas relacionados con la expresión verbal, subrayando su diversidad pero unidad en el origen divino.
En 1 Corintios 12:8-10, se menciona explícitamente: «A uno se le concede por el Espíritu el mensaje de sabiduría; a otro, por el mismo Espíritu, el mensaje de ciencia; a otro, en el mismo Espíritu, fe; a otro, en el único Espíritu, don de curaciones; a otro, obrar milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, interpretación de lenguas».1 Aquí, el «mensaje de sabiduría» y el «mensaje de ciencia» representan formas primordiales del don de palabra, que permiten transmitir la verdad de Dios con profundidad y claridad, adaptada a las necesidades de los oyentes.
Estos dones no son privativos de los apóstoles, sino accesibles a todos los bautizados, como enfatiza el apóstol: «A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Cor 12:7).1 El profeta Joel había anticipado esta efusión en los últimos días (Jl 2:28-29), promesa cumplida en Pentecostés, donde los discípulos recibieron el don de lenguas para proclamar las maravillas de Dios en diversas idiomas (Hch 2:4-11). Este evento fundacional ilustra cómo el don de palabra trasciende barreras lingüísticas y culturales, impulsando la misión evangelizadora.
En el contexto bíblico, el don de palabra se distingue de la mera retórica humana. No surge de la inteligencia propia, sino de la inspiración divina, como advierte Pablo: «Hablamos de estas cosas no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu» (1 Cor 2:13).2 Su propósito es siempre eclesial: unir a la comunidad, corregir errores y glorificar a Dios, evitando el orgullo o la división que plagaban a la iglesia de Corinto.
