La enciclopedia católica en español

Don de temor de Dios

El don de temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Constituye un hábito sobrenatural que inclina al cristiano a reverenciar profundamente a Dios, a rechazar el pecado como ofensa contra Él y a evitar todo aquello que pueda apartarle de su amor. Aunque incluye respeto ante la grandeza divina, no equivale a miedo servil ni a angustia religiosa: nace principalmente del amor filial y perfecciona la virtud teologal de la esperanza.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreDon de temor de Dios
CategoríaTérmino
DescripciónUno de los siete dones del Espíritu Santo que mueve a la reverencia ante Dios y al rechazo del pecado por amor. Hábito sobrenatural infundido por Dios que inclina al cristiano a reverenciar profundamente a Dios, a rechazar el pecado como ofensa contra Él y a evitar todo aquello que pueda apartarle de su amor
Referencias
  • Is 11, 2
  • Sal 110, 10
  • Prov 8, 13
  • Sal 26, 1
  • Mt 5, 3
Doctrinas RelacionadasEsperanza, Humildad, Virtud de la religión
Tema
  • Dones del Espíritu Santo
  • Temor filial, Temor servil, Temor mundano, Pecado, Conversión
TipoDon

Tabla de contenido

Naturaleza del don de temor de Dios

La tradición cristiana relaciona este don con el anuncio profético del Mesías: «Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 11, 2). El temor de Dios pertenece, por tanto, a la acción del Espíritu Santo en quienes participan de la vida divina.

El don no consiste simplemente en una emoción, en una actitud psicológica de inseguridad ni en el miedo ante un castigo. Constituye un hábito sobrenatural, es decir, una disposición estable infundida por Dios que capacita al alma para responder con prontitud a las inspiraciones del Espíritu Santo. Gracias a este don, la persona juzga las realidades creadas desde la santidad y la grandeza de Dios, en lugar de convertir sus propios deseos, intereses o criterios en la medida suprema de la vida.

El temor santo lleva a reconocer simultáneamente dos verdades:

  • Dios es infinitamente santo, bueno y digno de reverencia.
  • La criatura depende radicalmente de Dios y puede apartarse de Él por el pecado.

De esta doble conciencia brotan la humildad, la vigilancia interior, la compunción y el deseo de no ofender a Dios. El alma descubre su pequeñez sin caer en la desesperación, porque contempla esa pequeñez dentro de la misericordia divina.1

El temor de Dios en la Sagrada Escritura

La Biblia presenta el temor de Dios como principio de sabiduría: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Sal 110, 10). Esta expresión no describe terror irracional, sino la actitud reverente de quien reconoce a Dios como origen, centro y fin de toda la existencia.

El libro de los Proverbios relaciona el temor del Señor con el rechazo del mal: «Temer al Señor es odiar el mal» (Prov 8, 13). Quien posee este temor no considera el pecado solo desde sus consecuencias personales. Lo contempla, ante todo, como una ruptura de la amistad con Dios y como una resistencia a su voluntad santa.

La Escritura también vincula el temor de Dios con la confianza. El salmista puede decir al mismo tiempo: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 26, 1) y exhortar a vivir en el temor del Señor. La confianza elimina el miedo servil a las criaturas, pero no destruye la reverencia ante Dios. Al contrario, el amor confiado permite comprender mejor quién es Dios y cuánto desorden introduce el pecado en la relación con Él.

Temor filial y temor servil

La tradición teológica distingue principalmente entre temor filial y temor servil. Ambos pueden apartar exteriormente del pecado, pero difieren por su motivo interior.

El temor filial

El temor filial nace del amor. La persona teme ofender a Dios porque reconoce su bondad y no quiere separarse de Él. No contempla a Dios como una amenaza, sino como Padre. El creyente evita el pecado porque ama a Dios y desea permanecer unido a Él.

Este temor se parece al respeto de un hijo que no quiere causar dolor a su padre. No procede de una relación de esclavitud, sino de una comunión de amor. La persona no dice: «No peco solo porque temo el castigo», sino: «No quiero pecar porque el pecado ofende a Dios, que merece todo mi amor».

Santo Tomás de Aquino explica que el temor filial no se opone a la esperanza. Quien posee esperanza confía en alcanzar a Dios con su ayuda; quien posee temor filial evita apartarse de esa ayuda mediante el pecado. Por eso, esperanza y temor filial no se excluyen, sino que se sostienen mutuamente.2

El temor filial constituye el núcleo propio del don de temor de Dios. La reverencia, el horror al pecado y el deseo de no separarse de Dios brotan de una caridad real, aunque el creyente todavía no posea la perfección del amor celestial.

El temor servil

El temor servil considera principalmente las penas que siguen al pecado, especialmente la condenación eterna. Este temor puede tener distintos grados morales.

El temor servilmente servil mantiene el deseo de pecar y solo pretende evitar las consecuencias desagradables. La persona sigue considerando el pecado como un bien para sí y contempla el castigo como el único mal verdadero. Tal actitud coloca al propio individuo en el centro y no reconoce suficientemente que el pecado constituye una ofensa contra Dios.

En cambio, el temor simplemente servil puede ser moralmente bueno cuando aparta de la voluntad de pecar y permanece unido a la esperanza del perdón. El cristiano puede comenzar a convertirse porque teme la condenación; aunque todavía no actúe por amor perfecto, ese temor le ayuda a abandonar el pecado y a abrirse a la gracia.3

El temor servil puede constituir, por tanto, un inicio de conversión, pero no coincide con el don de temor de Dios en su sentido pleno. El don lleva a temer principalmente la separación de Dios y la ofensa contra su amor. La pena eterna aparece como consecuencia real del pecado, pero no como el motivo supremo de la vida cristiana.

Santo Tomás distingue ambos temores por su relación con Dios: el temor servil considera a Dios como causa del castigo, mientras que el temor filial teme separarse de Dios por la culpa. No se trata, por ello, de dos grados idénticos de una misma actitud, sino de disposiciones que difieren por su objeto moral inmediato.4

Relación con la esperanza

El don de temor de Dios perfecciona especialmente la virtud teologal de la esperanza. La esperanza orienta al cristiano hacia la vida eterna y le hace confiar en la ayuda divina para alcanzarla. El temor filial protege esa orientación, porque impulsa a rechazar aquello que podría apartarle de Dios.

La esperanza sin temor podría degenerar en presunción: la persona podría confiar en la misericordia divina mientras permanece voluntariamente aferrada al pecado. El temor sin esperanza, en cambio, podría transformarse en angustia o desesperación. El don mantiene unidas ambas actitudes:

  • La esperanza mira hacia el bien prometido, que es Dios mismo.
  • El temor filial evita la separación de ese bien.
  • La misericordia sostiene al pecador arrepentido.
  • La reverencia impide tratar el pecado como algo insignificante.

Santo Tomás enseña que el temor filial y la esperanza «se adhieren y se perfeccionan mutuamente»: la esperanza confía en la ayuda de Dios, mientras que el temor filial evita abandonar esa ayuda.2

Diferencia entre el don y las virtudes morales

Los dones del Espíritu Santo no deben confundirse con las virtudes morales. Ambos perfeccionan la vida cristiana, pero actúan de manera diferente.

Las virtudes morales ordenan las potencias humanas según la razón iluminada por la fe. Pueden adquirirse mediante actos repetidos, aunque la gracia eleva y sana su ejercicio. La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza son virtudes cardinales; la religión, la humildad y la penitencia son virtudes morales vinculadas a diversos aspectos de la relación con Dios.

Los dones del Espíritu Santo, en cambio, son hábitos sobrenaturales que disponen al cristiano para recibir y seguir las mociones del Espíritu Santo con una docilidad superior al razonamiento humano ordinario. No sustituyen a las virtudes, sino que las perfeccionan y las llevan hacia su madurez sobrenatural.

El don de temor de Dios no equivale, por tanto, a la virtud moral de la religión.

El don de temor y la virtud de la religión

La virtud de la religión inclina a rendir a Dios el culto y el honor que le corresponden. Comprende actos como la adoración, la oración, la acción de gracias, el sacrificio y el cumplimiento reverente de los deberes religiosos.

El don de temor, por su parte, hace que el alma reverencie a Dios interiormente, huya de la separación causada por el pecado y se someta amorosamente a su voluntad. La religión expresa externamente la reverencia mediante actos determinados; el don de temor mueve desde dentro a reconocer la santidad divina y a rechazar todo lo que la contradice. La virtud de la religión no es, por ello, idéntica al don, aunque mantiene con él una estrecha relación.5

La distinción puede formularse así:

  • La religión da a Dios el culto debido.
  • El don de temor hace que el corazón reverencie a Dios y rechace ofenderle.
  • La religión ordena actos concretos de culto.
  • El don dispone a cumplirlos con una comprensión más profunda de la santidad divina.

El don de temor y la humildad

El don tampoco se identifica con la humildad. La humildad modera el deseo desordenado de la propia excelencia y lleva a reconocer la verdad sobre uno mismo. El temor de Dios impulsa a someterse reverentemente a Dios y a evitar la soberbia.

Ambas realidades están estrechamente unidas. El temor santo revela la grandeza de Dios y la dependencia de la criatura; de ahí nace una humildad auténtica. Santo Tomás considera el temor un remedio contra la soberbia, pero aclara que no por ello se convierte en la virtud de la humildad. El temor origina y sostiene determinados actos humildes sin identificarse con ellos.2

El temor de Dios y el pecado

El don de temor concede una percepción espiritual más clara de la gravedad del pecado. El pecado no aparece solo como una infracción de normas, un fracaso personal o una causa de sufrimiento. Aparece como una oposición a la voluntad de Dios y como un rechazo de su amor.

Esta percepción no conduce a una obsesión angustiosa con la culpa. El temor sobrenatural evita tanto la trivialización del pecado como la desesperación del pecador. El cristiano reconoce la gravedad de su falta, pero también confía en la misericordia divina y busca la reconciliación.

El temor santo impulsa especialmente a:

El temor de Dios no pretende mantener al cristiano en una actitud infantil o paralizada. Su acción madura la libertad: libera del dominio de las pasiones, del respeto humano y de la dependencia excesiva de la opinión ajena. También capacita para aceptar con amor las exigencias de la cruz y las tareas ordinarias de la vida cristiana.6

El temor mundano

Junto al temor filial y al temor servil, la tradición cristiana reconoce el temor mundano. Este temor nace del apego desordenado a los bienes, honores, placeres o seguridades temporales. La persona teme más perder la aprobación humana que ofender a Dios.

El temor mundano puede llevar a negar la fe, abandonar la práctica cristiana, ocultar las propias convicciones o aceptar injusticias para evitar críticas, burlas, persecuciones o pérdidas materiales. Su raíz no está en el amor de Dios, sino en un amor desordenado a las realidades creadas.

El don de temor vence este temor mundano porque establece la jerarquía correcta de los bienes. Quien reverencia a Dios por encima de todo puede afrontar con fortaleza la incomprensión social, la pérdida de prestigio y las dificultades que acompañan al testimonio cristiano.

Frutos espirituales

El don de temor produce diversos frutos en la vida del creyente.

Reverencia ante Dios

El cristiano reconoce que Dios no es una realidad más entre otras, sino el Señor santo, creador y fin último de todas las cosas. Esta reverencia alcanza la oración, la liturgia, la recepción de los sacramentos y el trato con todo lo relacionado con el culto divino.

Humildad

La contemplación de la grandeza divina libera de la autosuficiencia. El creyente reconoce que todo bien procede de Dios y que necesita constantemente su gracia.

Vigilancia

El temor santo mantiene despierta la conciencia. Ayuda a descubrir los comienzos del pecado antes de que arraigue y mueve a evitar situaciones que pueden debilitar la vida espiritual.

Compunción

La compunción es el dolor humilde por haber ofendido a Dios. No consiste en tristeza estéril, sino en un arrepentimiento que conduce a la conversión, a la reparación y a la confianza en el perdón.

Pobreza de espíritu

La tradición relaciona este don con la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3). La pobreza de espíritu no depende solo de poseer pocos bienes materiales. Consiste en no colocar la seguridad última en las riquezas, el prestigio, el poder o la propia voluntad, sino en entregarse a Dios con libertad interior.1

Sabiduría práctica

El temor de Dios ayuda a valorar las cosas según el plan divino. Permite distinguir entre lo verdaderamente importante y lo meramente atractivo, entre el bien aparente y el bien auténtico. Así orienta las decisiones cotidianas hacia la santidad.

El don de temor en la vida cristiana

El cristiano coopera con este don mediante la oración, la obediencia a Dios, la recepción frecuente de los sacramentos y la lucha contra el pecado. La docilidad al Espíritu Santo requiere cultivar el silencio interior, examinar las motivaciones y aceptar la verdad sobre la propia vida.

Algunas prácticas favorecen especialmente su crecimiento:

  • Meditar la santidad y la misericordia de Dios.
  • Contemplar la pasión de Cristo.
  • Examinar diariamente la conciencia.
  • Pedir la gracia de detestar el pecado.
  • Practicar actos de humildad.
  • Evitar el respeto humano.
  • Cumplir fielmente los deberes ordinarios.
  • Acudir al sacramento de la Reconciliación.
  • Adorar a Dios con reverencia.
  • Confiar en la misericordia sin presumir de ella.

La auténtica reverencia no elimina la alegría cristiana. El temor filial convive con la paz, la confianza y el gozo, porque nace del amor. El cristiano no vive aterrorizado ante Dios, sino unido a Él con respeto, gratitud y deseo de fidelidad.

El temor de Dios en la vida eterna

En la bienaventuranza celestial desaparece el temor entendido como posibilidad de perder a Dios o de incurrir en pecado, porque los santos ya no pueden separarse de Él. Sin embargo, permanece la reverencia admirativa ante la majestad divina. El temor deja de incluir huida ante el peligro y conserva la admiración ante la grandeza de Dios.5

Por eso, el don de temor orienta hacia una actitud que alcanza su plenitud en el cielo: la criatura contempla a Dios con asombro, humildad y amor, reconociendo que la felicidad recibida procede enteramente de la generosidad divina.

Síntesis

El don de temor de Dios es una disposición sobrenatural del Espíritu Santo que lleva a reverenciar a Dios, a odiar el pecado y a evitar la separación de Él. Su forma propia es el temor filial, nacido del amor; el temor servil puede iniciar la conversión, pero no constituye por sí mismo la plenitud del don.

Este don perfecciona especialmente la esperanza, protege frente a la presunción, sostiene la humildad y orienta la virtud de la religión sin confundirse con ella. Lejos de producir una fe angustiosa, concede libertad frente al mundo, claridad para discernir el bien y una obediencia amorosa a la voluntad de Dios.

Citas y referencias

  1. J. Polo-Carrasco. María, Sagrario viviente del Espíritu Santo, 42 (1987). 2
  2. Segunda parte de la segunda parte - Del don de temor - Si el temor es un don del Espíritu Santo, Santo Tomás de Aquino. Summa Theologiae, II-II, Q. 19, A. 9 (1274). 2 3
  3. H), J. Polo-Carrasco. María, Sagrario viviente del Espíritu Santo, 41 (1987).
  4. Segunda parte de la segunda parte - Del don de temor - Si el temor servil es sustancialmente el mismo que el temor filial, Santo Tomás de Aquino. Summa Theologiae, II-II, Q. 19, A. 5 (1274).
  5. Marie I. George. Consideraciones tomistas sobre si debemos venerar a los seres naturales no racionales, 3 (2013). 2
  6. G. Rovira. Teología y pastoral de la mortificación cristiana, 9 (1984).
Modificado el 23 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.60 • 144 visitas • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/cd1sts8m8

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →