La tradición teológica distingue principalmente entre temor filial y temor servil. Ambos pueden apartar exteriormente del pecado, pero difieren por su motivo interior.
El temor filial
El temor filial nace del amor. La persona teme ofender a Dios porque reconoce su bondad y no quiere separarse de Él. No contempla a Dios como una amenaza, sino como Padre. El creyente evita el pecado porque ama a Dios y desea permanecer unido a Él.
Este temor se parece al respeto de un hijo que no quiere causar dolor a su padre. No procede de una relación de esclavitud, sino de una comunión de amor. La persona no dice: «No peco solo porque temo el castigo», sino: «No quiero pecar porque el pecado ofende a Dios, que merece todo mi amor».
Santo Tomás de Aquino explica que el temor filial no se opone a la esperanza. Quien posee esperanza confía en alcanzar a Dios con su ayuda; quien posee temor filial evita apartarse de esa ayuda mediante el pecado. Por eso, esperanza y temor filial no se excluyen, sino que se sostienen mutuamente.
El temor filial constituye el núcleo propio del don de temor de Dios. La reverencia, el horror al pecado y el deseo de no separarse de Dios brotan de una caridad real, aunque el creyente todavía no posea la perfección del amor celestial.
El temor servil
El temor servil considera principalmente las penas que siguen al pecado, especialmente la condenación eterna. Este temor puede tener distintos grados morales.
El temor servilmente servil mantiene el deseo de pecar y solo pretende evitar las consecuencias desagradables. La persona sigue considerando el pecado como un bien para sí y contempla el castigo como el único mal verdadero. Tal actitud coloca al propio individuo en el centro y no reconoce suficientemente que el pecado constituye una ofensa contra Dios.
En cambio, el temor simplemente servil puede ser moralmente bueno cuando aparta de la voluntad de pecar y permanece unido a la esperanza del perdón. El cristiano puede comenzar a convertirse porque teme la condenación; aunque todavía no actúe por amor perfecto, ese temor le ayuda a abandonar el pecado y a abrirse a la gracia.
El temor servil puede constituir, por tanto, un inicio de conversión, pero no coincide con el don de temor de Dios en su sentido pleno. El don lleva a temer principalmente la separación de Dios y la ofensa contra su amor. La pena eterna aparece como consecuencia real del pecado, pero no como el motivo supremo de la vida cristiana.
Santo Tomás distingue ambos temores por su relación con Dios: el temor servil considera a Dios como causa del castigo, mientras que el temor filial teme separarse de Dios por la culpa. No se trata, por ello, de dos grados idénticos de una misma actitud, sino de disposiciones que difieren por su objeto moral inmediato.