La muerte como acontecimiento personal
La concepción católica entiende la muerte como la pérdida definitiva de la unidad de cuerpo y espíritu que constituye a la persona humana. La medicina no observa directamente ese acontecimiento en su dimensión última; reconoce signos biológicos que permiten determinar clínicamente que la persona ha muerto.,
La muerte puede acreditarse mediante signos cardiorrespiratorios tradicionales o mediante criterios neurológicos. Juan Pablo II explicó que el criterio neurológico busca comprobar el cese completo e irreversible de toda actividad cerebral, incluida la del cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico. La Iglesia no fija por sí misma los parámetros técnicos: corresponde a la ciencia médica desarrollarlos y aplicarlos con rigor.
Certeza moral y prudencia
La doctrina católica exige certeza moral de la muerte antes de extraer órganos vitales. Esta expresión no significa una demostración metafísica del instante exacto en que el alma se separa del cuerpo; designa una seguridad ética suficiente, fundada en criterios clínicos fiables y correctamente aplicados. Juan Pablo II aceptó que el criterio neurológico, si se aplica rigurosamente, puede servir de base para esa certeza, pero condicionó la extracción a que la certeza exista en el caso concreto.,
Por tanto, la exigencia católica no equivale a afirmar que toda declaración de muerte encefálica es automáticamente correcta. La comprobación debe descartar errores y atender a la situación clínica individual. Si no existe certeza moral de que la persona ha muerto, la prudencia obliga a no iniciar la extracción. La certeza necesaria es ética y médica, no una pretensión de conocimiento absoluto sobre un acontecimiento que la ciencia no puede observar directamente.,