Los dones del Espíritu Santo tienen su origen en las Escrituras, particularmente en el profeta Isaías, quien describe al futuro Mesías con atributos que luego serían identificados como dones del Espíritu Santo: «El espíritu del Señor reposará sobre él: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor del Señor. Y su deleite será el temor del Señor» (Isaías 11:2-3)1,2,3. La traducción de la Septuaginta y la Vulgata añadió el don de piedad y eliminó la repetición del temor del Señor, resultando en los siete dones que la tradición católica reconoce1.
San Ireneo también menciona el don séptuple, afirmando que Dios dio este mismo Espíritu a la Iglesia al enviar al Consolador1. San Gregorio Magno ilustró la dinámica sobrenatural que el Espíritu imparte al alma, enumerando los dones en orden inverso y describiendo cómo conducen a la vida celestial1. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) considera estos dones como un despertar especial del alma humana y sus facultades a la acción del Paráclito1.
