La palabra doxología procede del griego dóxa, «gloria», y designa una fórmula breve de alabanza a Dios. Las doxologías aparecen en la tradición cristiana como expresiones de glorificación y, con frecuencia, cierran una oración o un himno.3
En la misa, la doxología final resume y culmina el movimiento de acción de gracias y alabanza que atraviesa la plegaria eucarística. No constituye una oración independiente ni un apéndice ornamental: es la conclusión propia de esa plegaria y recoge su orientación hacia Dios Padre, por Jesucristo y en el Espíritu Santo.4,5
La fórmula romana dice:
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
La asamblea responde: «Amén». La fórmula litúrgica presenta a Cristo como mediador de la alabanza, dirige la glorificación al Padre y sitúa esa glorificación en la unidad del Espíritu Santo.6,1




