La práctica de concluir un rito o himno con una fórmula de alabanza a Dios tiene sus raíces en la sinagoga, como se observa en la Oración de Manasés: «tuya es la gloria por los siglos de los siglos. Amén»1. San Pablo empleó doxologías con frecuencia en sus escritos, dirigiéndolas inicialmente a Dios Padre solo, o a Él a través del Hijo, y en o con el Espíritu Santo1.
El desarrollo de la doxología trinitaria se vio significativamente influenciado por la fórmula bautismal de Mateo 28:19, que nombra a las tres Personas divinas en orden paralelo: «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo»1. Durante el siglo IV, en respuesta a la subordinación arriana, la forma «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo» se universalizó entre los católicos, afirmando la coigualdad de las tres Personas de la Trinidad1,2,3.
Desde este período, se distinguen dos formas principales de doxología:
La doxología mayor, conocida como el Gloria in excelsis Deo (Gloria a Dios en las alturas)1,4,5.
La doxología menor, o Gloria Patri (Gloria al Padre), que es la forma más comúnmente referida simplemente como «doxología»1.
La adición de las palabras Sicut erat in principio (Como era en el principio) a la doxología menor en el rito latino, según el Segundo Sínodo de Vaison en 529, fue una medida para contrarrestar el arrianismo, aunque esta adición nunca fue adoptada en los ritos orientales1. Originalmente, estas palabras podrían haberse referido al Hijo («Como Él [el Hijo] era en el principio»), aludiendo al prólogo del Evangelio de Juan, lo que la convertía en una clara declaración antiaariana1.
