Etimología y sentido bíblico
El nombre Jesús procede del hebreo Yehoshúa o de su forma abreviada Yeshúa, cuyo significado habitual es «Dios salva» o «el Señor salva». El nombre expresa así una misión: Jesús es aquel que trae la salvación de Dios a la humanidad.
La tradición teológica católica relaciona este significado con la anunciación de su nacimiento. El nombre no funciona como una simple identificación personal, sino como una síntesis de la obra de Cristo. En Jesucristo, la salvación no aparece únicamente como un don externo: el propio Salvador es la salvación, porque el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana para reconciliar al mundo con el Padre. El nombre de Jesús expresa, por tanto, inseparablemente su identidad y su misión.1
Santo Tomás de Aquino explica que otros nombres bíblicos atribuidos al Mesías -como Emmanuel, «Dios con nosotros», o *Príncipe de la paz»- manifiestan distintos aspectos de la misma salvación. El nombre de Jesús resume de manera propia y universal esa obra salvadora.2
El nombre como revelación de la persona
En la Sagrada Escritura, el nombre posee una densidad mayor que la de una etiqueta convencional. El nombre puede revelar la identidad, la vocación y la misión de una persona. En el caso de Jesús, su nombre manifiesta que Dios actúa personalmente en la historia para liberar al ser humano del pecado.
La teología cristiana evita, sin embargo, convertir el nombre en una fórmula mágica. La veneración del nombre de Jesús no atribuye un poder autónomo a sus letras o sonidos. La Iglesia honra ese nombre porque conduce a la persona de Cristo y recuerda todos los beneficios recibidos por medio de él.3

