La devoción al Dulce Nombre de Jesús se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de la historia de la Iglesia:
En los Primeros Siglos y la Edad Media
Desde los primeros siglos del cristianismo, la importancia del nombre de Jesús fue reconocida. Sin embargo, fue en la Edad Media cuando esta devoción comenzó a tomar una forma más organizada y extendida. Santos como Bernardo de Claraval y, posteriormente, San Bernardino de Siena en el siglo XV, fueron grandes promotores de esta devoción en Italia. Se dice que el Beato Ambrosio de Siena también contribuyó significativamente a su propagación en el siglo XIII.
Durante este período, surgieron numerosas prácticas devocionales, incluyendo la fundación de ermitas, iglesias, monasterios y santuarios dedicados a Nuestro Señor, donde se veneraban imágenes que aún hoy reciben las oraciones de los fieles. La literatura y el arte también reflejaron esta piedad, uniendo a los creyentes en un «canto perpetuo del Magníficat» en honor a Jesús y María.
Institución de la Festividad
La festividad del Dulce Nombre de Jesús se estableció formalmente para honrar el poder y la santidad de este nombre. Aunque la fecha ha variado a lo largo del tiempo, su propósito siempre ha sido conmemorar la identidad de Cristo como Salvador.
El Papa Inocencio XI extendió la fiesta del Dulce Nombre de María a la Iglesia universal después de la victoria de Sobieski sobre los turcos en Viena el 12 de septiembre de 1683, asignándola al domingo después de la Natividad de María,. Esta festividad mariana está estrechamente relacionada con la devoción al Nombre de Jesús, ya que el nombre de María se venera por pertenecer a la Madre de Dios.
En el calendario romano, la fiesta del Santísimo Nombre de María se fijó el 12 de septiembre, y se ha considerado una práctica saludable ligar los títulos tradicionales de devoción a Jesús y María a las festividades ya existentes en el Calendario General.
Cofradías y Prácticas Devocionales
La devoción al Dulce Nombre de Jesús también se manifestó a través de la creación de cofradías. La Sociedad del Santo Nombre (o Cofradía del Dulce Nombre) fue una de las instituciones clave en la promoción de esta devoción. En el siglo XIV, el Beato Enrique Suso fue un notable apóstol de la devoción al Santo Nombre.
En el siglo XV, una epidemia en Lisboa fue detenida gracias a la devoción predicada por el obispo dominico retirado Andrea Díaz, lo que llevó a la primera procesión en honor al Santo Nombre de Jesús el 1 de enero de 1433. Posteriormente, en el siglo XVI, el emperador Carlos V y el rey Felipe II animaron a los dominicos a difundir esta devoción y establecer cofradías en sus dominios debido a la prevalencia de la blasfemia y el sacrilegio. El dominico español Didacus de Victoria fue un célebre predicador de esta devoción.
Además de las cofradías, se desarrollaron otras prácticas como las novenas. Las novenas de preparación, en un principio, se realizaban antes de Navidad, especialmente en España y Francia, inspiradas en los nueve meses que Jesús estuvo en el vientre de su Madre. Aunque la novena del Dulce Nombre de Jesús no se menciona explícitamente como una de las once novenas marianas, es parte del espíritu general de las devociones que buscan honrar los misterios de Cristo y de María.