Primeras manifestaciones
La veneración del nombre de María tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles comenzaron a invocar a la Madre de Dios como fuente de consuelo y auxilio. Ya en la Edad Media, la práctica de rezar el rosario y otras letanías dedicadas a María se consolidó como una forma poderosa de intercesión, resaltando la dulzura y la gracia de su nombre1.
Consolidación en la liturgia y la piedad popular
Con el tiempo, la Iglesia reconoció la importancia de estas expresiones populares, incorporándolas en el calendario litúrgico y en documentos de la Congregación para el Culto Divino. El Directory on Popular Piety and the Liturgy señala que la devoción al nombre dulce de la Virgen armoniza con las celebraciones marianas, como la de la Inmaculada Concepción, y se manifiesta en novenas y rezos comunitarios2.
