Giuseppe Melchiorre Sarto fue elegido papa en 1903 con el nombre de Pío X, tras la muerte de León XIII. La elección tuvo lugar en un contexto europeo marcado por fuertes tensiones entre la Iglesia y diversos Estados, por la expansión del secularismo y por la creciente influencia de corrientes intelectuales que pretendían explicar la realidad prescindiendo de Dios.
En su primera alocución a los cardenales, Pío X reconoció la magnitud de las responsabilidades vinculadas al ministerio pontificio. Entre ellas enumeró la defensa de los derechos de la Iglesia, la protección de la familia, la educación de los jóvenes, la cuestión de la propiedad, la ordenación cristiana de la sociedad y la atención a la salvación eterna de todos los hombres.3
La encíclica interpreta la situación de su tiempo como un proceso de alejamiento de Dios. Pío X denuncia que numerosas personas y estructuras sociales habían sustituido la voluntad divina por la autonomía absoluta del ser humano, hasta intentar borrar de la vida pública y privada el conocimiento de Dios.1
El diagnóstico pontificio no se reduce a una crítica cultural. Para Pío X, la pérdida de la fe produce también consecuencias morales y sociales: debilitamiento de la autoridad, búsqueda desordenada de riquezas, conflictos entre grupos sociales, expansión de la soberbia y debilitamiento de la disciplina cristiana. La crisis religiosa afecta, por tanto, a la persona y a la comunidad.4


