La presencia real de Cristo
La encíclica reafirma la doctrina católica sobre la presencia real, verdadera y sustancial de Jesucristo en la Eucaristía. Cristo está presente entero, con su humanidad y su divinidad, bajo las especies sacramentales del pan y del vino.
La Iglesia denomina transubstanciación al cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre. Permanecen las apariencias sensibles del pan y del vino, pero la realidad profunda de ambos elementos cambia por la acción de Dios en el sacramento.
La fe eucarística no depende de la percepción de los sentidos. El aspecto externo continúa siendo el del pan y el vino, mientras que la fe reconoce bajo esos signos al mismo Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María. La razón puede profundizar teológicamente en este misterio, pero no sustituye la adhesión creyente a la palabra de Cristo y a la fe apostólica.
La Eucaristía como sacramento y como sacrificio
La encíclica evita separar dos dimensiones inseparables de la Eucaristía: el sacramento y el sacrificio. La Eucaristía es sacramento porque comunica la gracia y contiene realmente a Cristo como alimento espiritual. También es sacrificio porque hace presente sacramentalmente la entrega de Cristo al Padre en la cruz.
Juan Pablo II rechaza toda interpretación que reduzca la Misa a una comida fraterna o a un símbolo de unidad comunitaria. La Misa es, al mismo tiempo, el memorial sacrificial de la cruz y el banquete sagrado de la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor.
La Eucaristía no añade un sacrificio nuevo al sacrificio del Calvario. Tampoco multiplica la ofrenda redentora de Cristo. La cruz constituye un acontecimiento único y definitivo; la Misa hace presente sacramentalmente ese único sacrificio en cada época y lugar.
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio.
La palabra de Cristo en la institución de la Eucaristía contiene explícitamente el sentido sacrificial: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros» y «Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros». Cristo no entrega únicamente alimento espiritual; entrega su vida al Padre por la salvación del mundo.
La participación de los fieles
Los fieles participan verdaderamente en el sacrificio eucarístico mediante el sacerdocio común de los bautizados. La participación no consiste en que todos desempeñen la misma función ministerial, sino en unir la propia vida, las obras, los sufrimientos y la alabanza a la ofrenda de Cristo.
La Iglesia ofrece a Dios la Víctima divina y, juntamente con ella, ofrece también su propia existencia. De este modo, la Misa transforma la vida cotidiana en culto espiritual y llama al cristiano a vivir según la lógica de la entrega, la obediencia y la caridad.