La emisión del Motu Proprio Ecclesia Dei («La Iglesia de Dios») ocurrió en un momento de gran aflicción para la Iglesia, provocado por la ordenación episcopal ilícita que frustró años de esfuerzos por asegurar la plena comunión de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), fundada por el Arzobispo Marcel Lefebvre2.
El Acto Cismático
El 30 de junio de 1988, el Arzobispo Marcel Lefebvre confirió ilícitamente la ordenación episcopal a cuatro sacerdotes. Este acto fue considerado por la Sede Apostólica como un acto de desobediencia al Romano Pontífice en una materia de gravísima importancia para la unidad de la Iglesia, lo que constituyó un acto cismático que implicó el rechazo de la primacía romana3. Como consecuencia, tanto Mons. Lefebvre como los cuatro sacerdotes (Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson, y Alfonso de Galarreta) incurrieron en la grave pena de excomunión latae sententiae, según lo dispuesto por el derecho eclesiástico3.
El Papa Juan Pablo II sintió particularmente esta aflicción, ya que al Sucesor de Pedro le corresponde en primer lugar la custodia de la unidad de la Iglesia7.
La Raíz del Cisma: Una Noción Incompleta de Tradición
El Papa Juan Pablo II identificó la raíz de este acto cismático en una noción incompleta y contradictoria de la Tradición4.
Noción Incompleta: La noción era incompleta porque no tenía suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición. El Concilio Vaticano II enseñó claramente que la Tradición «progresa en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» y que hay un «crecimiento en la comprensión tanto de las realidades como de las palabras transmitidas» a través de la contemplación, el estudio de los creyentes, el sentido íntimo de las realidades espirituales y la predicación de aquellos que han recibido el carisma de la verdad en la sucesión episcopal4.
Noción Contradictoria: La noción era contradictoria porque se oponía al Magisterio universal de la Iglesia, que es poseído por el Obispo de Roma y el Cuerpo de los Obispos. El Papa afirmó que es imposible permanecer fiel a la Tradición rompiendo el vínculo eclesial con aquel a quien Cristo mismo confió el ministerio de la unidad en la persona del Apóstol Pedro4.
