La Encarnación en un contexto histórico concreto
La exhortación contempla la Encarnación desde su dimensión histórica y geográfica. Jesucristo nació en Asia y asumió plenamente la humanidad dentro de un pueblo, una cultura y una tierra concretos. Esta pertenencia histórica no constituye un elemento accidental, porque forma parte de la realidad de la carne asumida por el Verbo.
El nacimiento de Jesús en Asia manifiesta también la universalidad de la salvación. Dios quiso entrar en la historia humana en un lugar determinado, pero ofreció su amor a todos los pueblos. Por eso la misión de la Iglesia en Asia no consiste en transmitir una realidad ajena al continente, sino en anunciar a los pueblos asiáticos a un Salvador que nació en su propio ámbito geográfico y cultural.
La Iglesia necesita conocer las circunstancias concretas de Asia para cumplir su misión. La evangelización no puede ignorar la diversidad de sus pueblos ni las condiciones históricas que han configurado sus sociedades. Juan Pablo II vincula la misión de amor y servicio de la Iglesia con dos elementos inseparables: la identidad de la Iglesia como comunidad de discípulos de Jesucristo y la realidad social, política, religiosa, cultural y económica del continente.
La expansión apostólica
La historia de la Iglesia en Asia comienza con la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Desde Jerusalén, la predicación cristiana alcanzó Antioquía, Roma y otras regiones. Las comunidades cristianas llegaron a Etiopía, Escitia y la India. Una antigua tradición sostiene que el apóstol santo Tomás llegó al sur de la India en el año 52 y fundó allí diversas Iglesias.
Durante los siglos III y IV, la comunidad siro-oriental, con centro en Edesa, desarrolló una intensa actividad misionera. También las comunidades ascéticas de Siria contribuyeron de manera decisiva a la evangelización asiática y sostuvieron la vida espiritual de los cristianos en épocas de persecución.
Armenia abrazó el cristianismo como nación a finales del siglo III y ocupa un lugar singular en la historia cristiana de Asia. Hacia el final del siglo V, el mensaje cristiano había alcanzado diversos reinos árabes, aunque no llegó a arraigar plenamente entre sus poblaciones por distintas causas, entre ellas las divisiones existentes entre los propios cristianos.
La presencia cristiana en China
Mercaderes persas llevaron el Evangelio a China durante el siglo V. A comienzos del siglo VII existía ya allí una iglesia cristiana. Durante la dinastía Tang, entre los años 618 y 907, la comunidad cristiana vivió una etapa de notable florecimiento que se prolongó durante casi dos siglos. Sin embargo, aquella Iglesia decayó hacia el final del primer milenio.
En el siglo XIII, nuevos misioneros anunciaron el Evangelio a mongoles, turcos y chinos. La presencia cristiana desapareció casi por completo de varias de esas regiones debido a una combinación de factores: la expansión del islam, el aislamiento geográfico, la insuficiente adaptación a las culturas locales y la falta de preparación para encontrarse con las grandes religiones asiáticas.
La evangelización en la época moderna
A partir del siglo XVI, la actividad apostólica de san Francisco Javier, la fundación de la Congregación de Propaganda Fide por el papa Gregorio XV y las orientaciones dirigidas a los misioneros para respetar y valorar las culturas locales favorecieron resultados más positivos. Durante el siglo XIX tuvo lugar un nuevo impulso misionero, protagonizado en buena medida por diversas congregaciones religiosas.
La predicación del Evangelio estuvo acompañada por obras educativas, caritativas y sociales. Estas iniciativas permitieron que el cristianismo llegara especialmente a los pobres y a las personas marginadas, aunque también alcanzó a algunos sectores de las élites sociales e intelectuales. La Iglesia intentó asimismo expresar el Evangelio mediante formas culturales asiáticas, aunque Juan Pablo II considera insuficientes muchos de esos esfuerzos.