La encíclica Ecclesiam Suam se publicó en un momento clave de la historia de la Iglesia católica. Pablo VI, elegido papa el 21 de junio de 1963, la firmó menos de un año después, coincidiendo con la segunda sesión del Concilio Vaticano II (1963-1965). En ella, el pontífice se dirige a los obispos y a toda la Iglesia como a una «familia», con el propósito de fortalecer la unión en la fe y el amor, mejorar la actividad pastoral y apoyar las sesiones conciliares.1,2
El contexto era de profundo cambio: el mundo moderno experimentaba avances científicos, tecnológicos y sociales que influían en la cultura y el pensamiento humano. La Iglesia, inmersa en este «torbellino» de transformaciones, enfrentaba riesgos de confusión y tentaciones modernistas. Pablo VI ve en el Concilio una oportunidad para una autexamen colectivo, continuando la tradición de los concilios anteriores como el de Trento y el Vaticano I, y complementando encíclicas como Satis cognitum de León XIII (1896) y Mystici corporis de Pío XII (1943).3,4
Pablo VI anuncia tres políticas principales de su pontificado: la autoconciencia eclesial, la renovación interna y el diálogo con el mundo. Estas no abordan problemas puntuales como la paz o el hambre, sino que establecen un marco general para la misión eclesial.5,6
