La ecuanimidad pastoral se arraiga en la comprensión de la misión del pastor como un reflejo del Buen Pastor, Jesucristo1,2. Esta cualidad no es una mera neutralidad cómoda, sino una postura activa que busca la unidad eclesial y la verdad1. Los pastores, al ser tomados de entre los hombres y sujetos a debilidades, están llamados a compadecer benignamente a quienes pecan por ignorancia o error, cuidando de sus almas mediante la oración, la predicación y las obras de caridad1.
El Pastor como Padre y Guía
El Concilio Vaticano II destaca la figura del obispo como «Padre y Pastor», subrayando que debe preceder a sus fieles con afecto paternal y solicitud pastoral1. Esto implica indicar los caminos correctos, prevenir peligros y defender de acechanzas, esforzándose por conocer a cada uno de los que le han sido confiados y guiándolos hacia una participación más activa y personal en la vida de la Iglesia local1.
Armonía entre Justicia y Misericordia
La verdadera justicia en la Iglesia debe estar animada por la caridad y templada por la equidad, mereciendo el calificativo de pastoral3. No puede haber un ejercicio auténtico de caridad pastoral que no considere primero la justicia pastoral3. Es fundamental comprender la armonía entre justicia y misericordia, un tema central en la tradición teológica y canónica. La misericordia no anula la justicia, sino que es una plenitud de la misma, como enseñó Santo Tomás de Aquino3. La autoridad eclesiástica busca conformar su acción a estos principios, incluso en asuntos como la validez del vínculo matrimonial3.

