La palabra ecumenismo procede del término griego oikouménē, relacionado con la totalidad de la tierra habitada. En el ámbito cristiano designa el movimiento dirigido a superar las divisiones entre quienes confiesan a Jesucristo y han recibido el bautismo.
La finalidad católica del ecumenismo consiste en alcanzar la unidad plena de todos los cristianos. Esa unidad no equivale a una organización meramente administrativa ni a una alianza para realizar proyectos comunes. Incluye la comunión en la fe, en los sacramentos, en la vida cristiana y en la estructura visible de la Iglesia.
El movimiento ecuménico nace de una exigencia evangélica: Cristo quiso una sola Iglesia y oró al Padre «para que todos sean uno» (Jn 17,21). La división contradice visiblemente la unidad del Cuerpo de Cristo y perjudica el testimonio cristiano ante el mundo. Por ello, la búsqueda de la unidad también está vinculada con la evangelización y con la credibilidad de la misión de la Iglesia.1
La Iglesia católica entiende que la unidad cristiana no constituye una realidad que deba inventarse en el futuro. La Iglesia fundada por Cristo ya posee su plenitud histórica y espiritual; el ecumenismo procura que todos los cristianos participen plenamente en esa unidad.1,2




