Antes del Edicto de Milán, la Iglesia Católica soportó siglos de persecuciones intermitentes, pero a menudo brutales, por parte del Imperio Romano. La visión teocrática y absolutista del Estado romano, que exigía la adoración a los dioses paganos y al emperador, chocaba fundamentalmente con la libertad de conciencia que demandaba la religión cristiana1. Los cristianos, inicialmente vistos como una secta judía, fueron progresivamente percibidos como enemigos del Estado y de sus instituciones establecidas1.
A mediados del siglo III, la persecución se intensificó, con emperadores como Decio haciendo de la Iglesia misma el objetivo de sus ataques. Las autoridades imperiales llegaron a creer que el cristianismo y el Estado romano pagano no podían coexistir, lo que llevó a una clara disyuntiva: la destrucción del cristianismo o la conversión de Roma1. La última y más sangrienta persecución, bajo Diocleciano (284-305 d.C.) y sus colegas, fracasó en su intento de doblegar la resolución de los cristianos o aniquilar la Iglesia. Este fracaso demostró a los estadistas prudentes la inevitabilidad de reconocer el cristianismo y abandonar el antiguo concepto de gobierno que unía el poder civil con el paganismo1.
El primer paso decisivo hacia la tolerancia fue dado por el emperador Galerio, quien, en 311 d.C., publicó un edicto de tolerancia desde Nicomedia, confesando que los esfuerzos para «recuperar a los cristianos» habían fallado1. Este edicto fue el resultado de la impotencia total para prolongar el conflicto1.

