El concepto de la efusión del Espíritu tiene sus raíces profundas en las Escrituras, donde Jesús promete el don del Espíritu Santo en varias ocasiones a sus discípulos1. En el Cenáculo, antes de su Pasión, Jesús asegura a sus apóstoles que el Espíritu Santo vendrá a morar en ellos (cf. Jn 14, 16-17)2. Esta promesa se cumple de manera significativa en la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se presenta a los apóstoles y, soplando sobre ellos, les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22)1. Cincuenta días después, en el mismo Cenáculo, el Espíritu Santo irrumpe con poder en Pentecostés, transformando los corazones y las vidas de los primeros testigos del Evangelio1.
Los profetas ya habían anunciado esta «efusión del Espíritu» como la acción de «poner» la ley de Dios en el corazón del hombre2. Sin embargo, en la boca de Jesús y en los textos evangélicos, esta promesa adquiere su plenitud de significado, revelando que el don no es solo una ley, sino la Persona misma del Paráclito2. El apóstol Pablo también se refiere a la comunicación simultánea de la caridad y el Espíritu Santo, afirmando que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5)3. Esta enseñanza subraya el vínculo inseparable entre el don de la gracia creada y el Espíritu Santo como don increado4.

