El Adviento tiene sus raíces en la tradición de la Iglesia primitiva, aunque su forma actual se consolidó gradualmente. En los primeros siglos, no existía un período litúrgico específico previo a la Navidad, ya que la fiesta del 25 de diciembre se fijó hacia finales del siglo IV.2 Sin embargo, desde el siglo V se evidencia una preparación penitencial, similar a la Cuaresma, conocida como «Cuaresma de san Martín», que comenzaba el día después de la fiesta de san Martín de Tours (11 de noviembre) y duraba cuarenta días.3
En Occidente, el Papa san Gregorio Magno (590-604) organizó las primeras oraciones propias para este tiempo, y hacia el siglo IX se redujo a cuatro domingos, comenzando el domingo más cercano a la fiesta de san Andrés.2 La Iglesia oriental también desarrolló tradiciones similares, aunque con énfasis en la Theophanía (Epifanía), destacando el carácter mariano de la preparación.4 Esta evolución refleja la necesidad de un tiempo litúrgico que ayude a los fieles a revivir la expectación mesiánica del Antiguo Testamento, como anunciada por los profetas Isaías y Juan Bautista.1
En la Edad Media, sínodos locales en Galia y España regulaban ayunos y abstinencias durante el Adviento, prohibiendo matrimonios solemnes hasta la Epifanía, lo que subrayaba su dimensión penitencial.2 Hoy, el Misal Romano y el Breviario mantienen esta estructura, adaptada a la sensibilidad contemporánea, pero preservando su esencia espiritual.5

