La palabra belén proviene del hebreo Beyt Lechem, que significa «Casa del Pan», nombre de la ciudad palestina donde nació Jesús según los Evangelios de Mateo (2,1-12) y Lucas (2,1-20). Esta etimología evoca la providencia divina, ya que en Belén nace el «Pan de Vida» (Jn 6,35), quien se ofrece en la Eucaristía.3,4,5
En el Antiguo Testamento, Belén está ligada a la casa de David, de cuya estirpe vendría el Mesías. La primera lectura de la Misa del 24 de diciembre (2 Sam 7,1-5.8b-12.14a.16) relata cómo Dios promete a David una dinastía eterna: «Cuando se cumplan tus días y descanses con tus padres, yo te suscitaré un descendiente de tus entrañas, y consolidaré su reino». El Salmo responsorial (Sal 89,2-3.4-5.27.29) refuerza esta promesa: «Estableceré para siempre tu descendencia y tu trono por todas las generaciones». Estas profecías se cumplen en Jesús, nacido en la «casa de David» en Belén, como proclama Zacarías en el Benedictus (Lc 1,67-79): «Ha suscitado para nosotros un salvador poderoso en la casa de David, su siervo». Belén, humilde aldea, se convierte así en el epicentro de la salvación.6,7,8,5
La tradición patrística resalta esta centralidad. Papa León I (siglo V) describe Belén como el lugar donde «el Luz de la Salvación brotó del seno de la Virgen de la casa de David», invitando a los fieles a fortalecerse en la fe por sus «santas asociaciones».9
