La inclusión del buey y la mula en el escenario del nacimiento de Jesús no proviene directamente de los relatos evangélicos, sino de una interpretación profética arraigada en el Antiguo Testamento. El Evangelio de Lucas (2:7) describe cómo María colocó al Niño en un pesebre, el lugar donde los animales comen, pero omite detalles sobre su presencia. Sin embargo, la tradición cristiana remite a Isaías 1:3: «El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo», un pasaje que contrasta la fidelidad de los animales con la ingratitud del pueblo de Israel.2,4,3
Esta profecía se vincula también con Habacuc 3:2 en la versión de la Septuaginta, que habla de Dios manifestándose «en medio de dos animales». Los exegetas antiguos vieron en estos versos un anuncio del Mesías nacido en un establo, rodeado de criaturas que, a diferencia de los hombres, reconocen inmediatamente a su Señor. Así, el buey evoca la fuerza y la laboriosidad judía, mientras que la mula (o asno) representa a los gentiles, unidos en adoración ante el Redentor.2,5
