México posee una identidad católica marcada por la historia, la cultura y la vida cotidiana. La fe aparece vinculada a las fiestas patronales, las peregrinaciones, el bautismo, la primera comunión, el matrimonio, los funerales y las devociones familiares. Sin embargo, la pertenencia religiosa no siempre equivale a una práctica sacramental regular. Muchos mexicanos conservan símbolos, costumbres y devociones católicas aunque participen de manera irregular en la misa dominical o mantengan una relación ocasional con la parroquia.
La Iglesia mexicana vive, por tanto, una situación compleja: mantiene una presencia social y cultural muy amplia, pero afronta procesos de secularización, pluralismo religioso y transformación de las formas de pertenencia. Juan Pablo II describió el patrimonio católico mexicano como una combinación de fe viva, piedad popular, valores familiares, devoción mariana y adhesión a la Sede de Pedro.1
La evolución estadística reciente muestra una Iglesia numerosa dentro del continente americano, aunque sometida a tensiones pastorales semejantes a las de otras Iglesias locales: descenso de sacerdotes, reducción de religiosos y menor número de seminaristas en América. Los datos eclesiales actualizados a 2023 registran un descenso mundial de sacerdotes y una reducción de seminaristas mayores, con especial incidencia en América.2


