Papel de los institutos religiosos
La consolidación del catolicismo sudamericano se apoya en gran medida en la labor de los institutos religiosos. En documentos pontificios se destaca que, en el desarrollo de la Iglesia en América Latina -incluyendo la etapa colonial, los procesos de independencia y acontecimientos políticos posteriores- los institutos religiosos desempeñaron un papel importante: colaboraron con la jerarquía local, consolidaron la evangelización, promovieron vocaciones autóctonas y favorecieron la floración de nuevos carismas de vida consagrada enraizados en la propia cultura.
También se subraya que, durante un tiempo, numerosos pastores de las primeras sedes episcopales fueron religiosos, aportando una contribución decisiva a la fundación de comunidades eclesiales en el Nuevo Mundo.
Santidad como fruto maduro de la evangelización
Un rasgo definitorio del catolicismo en América del Sur es la santidad. La Iglesia ha afirmado que en América Latina se formaron modelos de santidad que guían con el ejemplo e impulsan con la intercesión.
Se ofrecen, como ejemplos, nombres de santos y beatos vinculados al continente: Pedro Claver, Francisco Solano, Luis Beltrán, Juan Macías, Rosa de Lima, Martín de Porres, Felipe de Jesús, Mariana de Jesús Paredes, Miguel Febres, Roque González y compañeros mártires, además de Pedro de San José Betancur, entre otros.,
La santidad aparece, en esta perspectiva, como un «elemento clave» fruto maduro de la evangelización: no solo como recuerdo del pasado, sino como fuerza viva que anima a futuras generaciones a dar un testimonio personal y comunitario.,
Cultura cristiana, arte sacro y piedad popular
El catolicismo en el continente también se expresa culturalmente. Se ha señalado que la cultura cristiana quedó plasmada no solo en sentimientos humanos y devociones de la piedad popular, sino también en expresiones artísticas del mundo colonial, donde sobresalieron artistas indígenas, muchos de ellos anónimos.
Asimismo, se ha descrito la arraigada religiosidad popular como un patrimonio con valores extraordinarios de fe, piedad, sacrificio y solidaridad, que, cuando es convenientemente evangelizado y celebrado con gozo, puede ser un «antídoto» contra sectas y un garante de fidelidad al mensaje de salvación.