Cafarnaún, localidad junto al lago de Galilea, constituye el escenario del episodio. Mateo cuenta que un centurión se acercó a Jesús para pedirle la curación de un criado que sufría una grave parálisis. Lucas ofrece más detalles: el enfermo era muy querido por su señor y estaba a punto de morir.1,2
En la versión de Lucas, el centurión no acude personalmente al principio. Envía a Jesús a algunos ancianos judíos, que interceden por él y alegan que ama al pueblo de Israel y ha construido una sinagoga. Jesús parte con ellos hacia la casa. Cuando ya está cerca, el centurión manda a unos amigos para decirle que no hace falta que entre: no se considera digno de recibirlo bajo su techo ni de presentarse ante él. Basta con que pronuncie una palabra para que el criado sane.2
El oficial explica su confianza mediante una comparación con la autoridad militar. Él mismo obedece órdenes y puede mandar a sus subordinados; por eso reconoce que la palabra de Jesús tiene poder para producir lo que ordena. Jesús manifiesta admiración por su fe y declara ante quienes lo acompañan que no ha encontrado una fe semejante en Israel. Cuando los mensajeros regresan, hallan sano al criado.2
Mateo presenta la petición de forma más concisa: el centurión aparece hablando directamente con Jesús, que primero ofrece ir a curar al enfermo. Entonces el oficial pronuncia las palabras sobre su indignidad y la eficacia de una sola palabra de Cristo. El criado queda curado en aquel momento.1


