Adivinación y astrología
La adivinación intenta conocer acontecimientos futuros, decisiones humanas o realidades escondidas mediante signos, números, cartas, astros, objetos, estados de trance u otros procedimientos. Entre sus formas tradicionales aparecen la geomancia, la hidromancia, la quiromancia, la necromancia, los augurios y los sortilegios. Documentos pontificios antiguos describieron estas prácticas como medios engañosos que podían atribuir a las criaturas lo que pertenece al Creador.,
La astrología merece una distinción. El estudio científico de los astros pertenece a la astronomía y no plantea por sí mismo un problema religioso. La astrología adivinatoria, en cambio, atribuye a la posición de los astros la capacidad de determinar la personalidad, las decisiones, el destino, la salud, la riqueza o la muerte de una persona. Tal planteamiento niega de hecho la libertad humana y la providencia de Dios.
El horóscopo puede parecer un entretenimiento, pero su valoración moral depende del grado de adhesión y de la función que desempeña. La consulta ocasional sin credulidad no equivale a una entrega consciente a la adivinación; sin embargo, la dependencia habitual, la toma de decisiones importantes según los astros o la convicción de que el destino queda fijado por ellos contradicen la fe y pueden constituir una forma de superstición.
Espiritismo y evocación de los muertos
La evocación de espíritus pretende establecer, mediante técnicas humanas, comunicación con espíritus o almas separadas del cuerpo para obtener información o ayuda. La Comisión Teológica Internacional distingue esta práctica de la invocación cristiana de los santos. La Iglesia pide a los santos que intercedan ante Dios; el espiritismo intenta provocar una comunicación oculta y obtener conocimientos o poderes.
La Escritura condena la consulta de adivinos y evocadores de muertos. La tradición cristiana ha mantenido esta prohibición porque la persona fallecida no constituye una fuente autónoma de revelación. El cristiano recibe la luz necesaria para la salvación mediante Dios y su revelación, no mediante experimentos ocultistas destinados a descubrir secretos del más allá.
Magia, conjuros y maleficios
La magia intenta producir efectos mediante fórmulas, símbolos, invocaciones, objetos o acciones rituales. Puede presentarse como magia «blanca», magia de protección, magia amorosa o magia de daño, pero todas esas etiquetas resultan insuficientes para valorar la práctica. La cuestión decisiva consiste en averiguar si la persona busca una eficacia oculta y pretende manipular fuerzas que no proceden de Dios.
La magia orientada a perjudicar a otra persona añade una grave dimensión moral: introduce el deseo de dominio, venganza o destrucción. La magia aparentemente benéfica tampoco queda justificada por su finalidad, porque una buena intención no convierte en lícito un medio contrario a la fe.
Amuletos, talismanes y objetos cargados de poder
Un objeto religioso puede ayudar a recordar a Dios y disponer a la oración cuando la Iglesia lo emplea como sacramental. Su eficacia no funciona de modo automático ni mágico. La cruz, el agua bendita, una medalla o una imagen no actúan como amuletos independientes de la fe y de la oración de la Iglesia.
Un talismán ocultista, en cambio, recibe una supuesta fuerza secreta por medio de símbolos, conjuros o correspondencias mágicas. La persona que deposita en él una confianza absoluta puede desplazar su esperanza desde Dios hacia el objeto. La tradición disciplinar de la Iglesia rechazó los amuletos mágicos y las prácticas destinadas a conferirles poderes sobrenaturales.